CALAMARES EN SALSA (receta de abuela Yeya)

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Receta de las de siempre, de las que pruebas y te recuerdas llegando a casa y aquel olor traspasando las paredes y desde el ascensor ya sabías lo que estaba cocinando abuela. Receta que prometí hace más de un año darle a Bibiana cuando la probamos en una tasquita de Ferrol y le conté que los de mi abuela eran insuperables, muy parecidos a aquellos que nos estábamos comiendo, pero le faltaba la mano de mi Yeya. Aquí tienes la receta Bibi, queda saldada una deuda y te regalo lo que para mí, es un tesoro. Receta para compartir con amigos, en su casa, donde su generosidad nos abre las puertas cada primero de diciembre y juntos adornamos su árbol. Cada uno lleva algo y entre todos compartimos. Desde los entrantes con el insuperable guacamole de Juan, hasta los postres que siempre son demasiados y a los que llegamos más inflados que el mítico muñeco Michelín. Pasando entre medio por un plato de calamares en salsa con un buen arroz blanco. Todo es exquisito, la sonrisa de Patri al abrirnos las puertas de su casa, las alegrías del pequeño Félix cuando ve su casa llenarse de gente y de más niños como él y que vienen a jugar con él, a compartir un momento mágico, sus amigos vienen a ayudarle a hacer el árbol de Navidad en su casa. Deliciosa la amabilidad y el empuje con la que Félix papá nos va llenando y rellando las copas, primero de cerveza, después de buen vino, después de lo que tercie y corriendo riesgo extremo la estrellita del árbol. En ese punto todos lo vemos torcido, pero creo que los que no vamos derecho somos nosotros. El festín de sabores estalla en la sobre mesa, con las ocurrencias de Juan y Jose, a cual más divertido o más disparatado pero todo sienta bien. Y seguimos haciendo el árbol y los niños corren por la casa ante la paciencia ilimitada de Patri y sus amigos seguimos haciendo el árbol o lo seguimos torciendo. Y llegan los postres siempre apetitosos, con la compañía de Isa y de Bente a los que no veo y disfruto tanto como quisiera pero en cada reencuentro comprobamos que el mundo se detuvo, allí justamente el el último sitio que nos vimos y aunque la vida nos haya dado palos o alegrías, seguimos como aquel entonces, felices de encontrarnos y capaces de volver a detener el tiempo en el justo momento donde sabemos sacarle partido. Y siguen corriendo los niños por la casa. Y vamos terminando el árbol y se va haciendo de noche y llegamos a despedirnos con la promesa de vernos más a menudo y aunque después no sea así, tenemos la certeza en los bolsillos de que dentro de un año, Patri nos dejará decorarle su árbol y nosotros sabremos recuperar el tiempo que no nos tuvimos a carcajadas. Y es que lo más exquisito de esta vida no lo preparan ni siquiera,  las mejores abuelas….

INGREDIENTES (Para unas ocho personas)

2 Kg de calamares ya limpios.

1 Cebolla y media

2 Pimientos Verdes no muy grandes

4 dientes de Ajo

1 cuchara tamaño postre de Pimentón (mejor de la Vera)

2 ó 3 hojitas de Laurel

2 cucharas soperas de Azúcar blanca

Agua

Leche

Aceite de Oliva

2 cucharas soperas de salsa de tomate, si es casera estupendo, si no pues dos de tomate frito, procurando que sea en Aceite de Oliva.

Un chorrito de vino blanco

UN SABOR  DE LOS QUE PERDURAN EN NUESTRA MEMORIA GUSTATIVA…ya lo verán

Antes que nada, pondremos los calamares en remojo con leche. Que la leche los cubra. Este es un paso obligado si queremos que los calamares queden bien tiernos… (truco de mi Yeya).

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Mientras se van reblandeciendo, seguiremos con nuestros pasitos para llegar al cielo y tocarlo con la punta de los dedos mientras nos comemos estos calamares.

Ayudándonos de una picadora eléctrica, picaremos por este orden:

Lo ajos

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La cebolla.

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Una vez picados ambos, en un caldero chato y con buen diámetro que cubriremos el fondo de aceite de oliva y que la calentaremos, para posteriormente añadirle los ajos y la cebolla picadita. Sofreímos a fuego medio hasta que se vayan quedando bobitas sin que tomen color.

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Mientras se va haciendo, picamos, también en picadora, los pimientos verdes…

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Cuando consigamos que la cebolla y el ajo estén en el punto deseado, añadimos el pimiento y seguimos sofriendo a fuego medio para que nada se queme ni se pegue.

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Una vez hayamos añadido el pimiento picadito a la fritura, aprovecharemos para ir escurriendo los calamares de la leche en la que los teníamos en remojo.

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Una vez tengamos la fritura lista, con todos los ingredientes reblandecidos y con ese olor tan característico que desprende y que invade la cocina, incorporamos al caldero las dos cucharas soperas de salsa de tomate o tomate frito, según tengamos en casa.

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Removemos bien y seguimos manteniendo a fuego medio. Ahora es el momento de incorporar al caldero las dos cucharas soperas de azúcar blanca.

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Volvemos a remover y seguimos manteniendo a fuego medio y es justo ahora cuando incorporamos al caldero los calamares que teníamos escurriendo de la leche.

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Removemos y mezclamos bien, con paciencia y con cariño. Una vez lo tengamos bien mezcladito, cubriremos con agua los calamares, justo que quede al borde de donde llegue la altura de los calamares, añadimos también la cuchara tamaño postre de pimentón.

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Y damos vuelta y mezcalmos, con lentitud , con ternura. Es una receta mimosa… Añadimos seguidamente las hojitas de laurel.

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Le añadimos también un chorrito de vino blanco, mezclamos y a fuego medio con el caldero semi tapado los dejamos que se vayan haciendo durante una horita apróximadamente. Recuerden darle vuelta de vez en cuando, vigilarlos que diría mi abuela, montando garita en la cocina, armados con cuchara de palo en mano y con la paciencia que se tiene cuando uno sabe que lo que le espera, va a a estar delicioso, como la compañía de unos buenos y grandes amigos.

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Y se sigue llenando de olor la cocina tanto o más embriagador que cualquier perfume.

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 Y cada vez que destapo el caldero para darle unas vueltas doy gracias a la vida por la suerte de tener a mi abuela.

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Y apagamos el fuego y rectificamos de sal al gusto y dejamos que se enfríen un poco para poder pasarlos al tupper y llevarlos a casa de Patri y Félix, eso sí, los calamares fueron los que menos disfrutaron de la velada….

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Esto quedó de ellos, cinco minutos después de llevarlos a la mesa.

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Y así los platos de cada uno. Les cuento y les advierto y no es una exageración, que Félix se tuvo que levantar a mitad de la comida e ir a por más pan. Esa salsa tampoco podía sobrar….

ROLLO DE CARNE

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Hace un mes me subí a una montaña rusa. Llena de curvas, de repentinas bajadas, de sospechosas subidas y de oscuras trampas. Fue un trayecto largo, demasiado largo y estresante. En ningún caso pude pensar con claridad cual era la finalidad de aquellos vaivenes y baches. En ningún caso fue divertido. Solo acierto a decir que estuve asustada y aún hoy tiemblo cuando lo recuerdo. Tengo una amiga que me dice, no me subo a las montañas rusas no porque les tenga miedo, es que no me gustan. A mí tampoco pero en mi caso no me quedó más remedio que ser valiente a pesar de estar sintiendo un miedo que me devoraba. Que me hacía palpitar tan fuerte que el corazón no me explotó porque debe ser cierto que los milagros existen. Solo se que ya bajé del vagón y que la experiencia, ya con los pies en el suelo, me sirvió para darme cuenta de que hace once años di a luz a la niña más fuerte, paciente y valiente que conoceré nunca. Que alguien, sin conocerte de nada, puede ser la persona que más te ayude a llevar un trance. Que comienzo a entender por qué  las batas de los médicos son blancas, a los que trataron a mi hija y se preocuparon y se ocuparon de ella, solo les faltaban las alas porque fueron ángeles, con ella y conmigo. Sandra llena de generosidad y profesionalidad sin perder un segundo la sonrisa y la calma. Agustín con más paciencia que cualquier santo. Alexia y Olga, porque no dudaron en ayudar y en calmar, pendientes en todo momento. Sonia, porque jamás esperé encontrarme la mayor muestra de ternura en la puerta de un quirófano. Ya pasó todo y aún sigo mareada. Y a pesar de saber que todo está bien aún me recorre el cuerpo un escalofrío, me estremezco al recordar a mis hermanas acompañándome, a mi tía Ana, a Mapino, a mi abuela,  a mi madre que sé que estaban subidas en el vagón de detrás. A mi chico, que al cruzarnos las miradas me agarraba fuerte de la mano y me decía: -No va a pasar nada. Y me hacía sentir a salvo. A mis amigas que de repente un día aparecieron y me ayudaron a hacer este rollo de carne y su compañía me devolvió el apetito…..

Al final, la vida te llevará a donde tenga que llevarte pero lo más importante siempre será quien te esté acompañando.

INGREDIENTES:

1Kg de ternera molida

1 Huevo

1 diente de Ajo (le retiramos el centro)

2 rebanadas de Pan de Molde

Un poco de Leche

150 grs de Bacon

50 grs de queso Parmesano

1 Cebolla

2 vasos tamaño de los de beber agua, de caldo

2 vasos de agua

Aceite de Oliva

Salsa Perrins

Pan rallado

Say y pimienta negra molida

SABROSO Y TIERNO, como los auténticos amigos

Colocamos la carne molida en un recipiente ancho y cómodo para mezclar y trabajar bien la carne.

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A la vez, pondremos en otro recipiente las rebanadas de pan de molde y las mojaremos en leche.

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En una picadora o mezcladora eléctrica, echaremos el bacon, el trocito de queso parmesano y el diente de ajo, al que previamente le habremos retirado el centro. Mezclamos o picamos bien y reservamos. El resultado será una especia de pasta rosácea.

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Ahora echamos el huevo sobre la carne molida y salpimentamos.

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Vertemos ahora también sobre la carne, las rebanadas de pan ya casi deshechas y escurriéndolas como podamos con las manos del exceso de leche. Añadimos también la pasta que hemos mezclado con el bacon, el queso y el diente de ajo.

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Nos colocamos unos guantes desechables y con la manitas, vamos mezclando e integrando todo los ingredientes hasta que todo vaya quedando bien compacto. Cogeremos ahora una papel vegetal de cocina y lo humedeceremos con algunas gotas de agua sobre el mismo de manera dispersa.

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Aún con la manos y los guantes puestos, cogeremos la mezcla y le daremos forma de rollo la cual colocaremos sobre el papel vegetal humedecido.

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Empaquetaremos el rollo en el papel, como si fuera un paquete de un caramelo. Apretando bien. Una vez hecho esto, lo meteremos en la nevera y lo dejaremos reposar así, durante una hora.

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Pasado ese tiempo, sacaremos nuestro rollo de la nevera, con cuidado le retiraremos el papel en el que lo habíamos envuelto y en un plato echaremos pan rallado.

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Con cuidado y con cariño, pasaremos el rollo de carne sobre el pan rallado y mientras tanto en un caldero con fondo y con buen diámetro, pondremos como un dedo de altura de aceite de oliva y la pondremos a calentar in que se queme y sin que tome demasiada temperatura.

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Cuando ya tengamos al aceite calentito, pasaremos el rollo por y lo sellaremos, dándole vueltas para que el sellado sea perfecto. No se trata de freírlo ni de que e haga en ese momento, tan solo lo sellaremos para que durante la cocción posterior, no pierda sus jugos.

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Cuando ya lo tengamos sellado, bajaremos el fuego y lo mantendremos a temperatura media. Es entonces cuando comenzaremos a echar en el caldero una cebolla entera, cortada en juliana.

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Justo después, un buen chorrito de salsa Perrins y por último los dos vasos, tamaño agua, de caldo. Si no tuviéramos caldo echaremos la misma cantidad  pero de agua y le añadiríamos una pastilla de caldo vegetal.

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Ahora taparemos el caldero y calcularemos 15 minutos a fuego 6 (temperatura media). Pasados los 15 minutos, daremos la vuelta al rollo y volveremos a calcular otros 15 minutos. IMG_0566

Y cuando se terminen estos tiempos por cada lado, ya tendremos listo nuestro rollo. De sabor intenso, pero suave, muy suave al paladar. Yo lo acompañe con las amigas más lindas y con un pisto de verduras sobre puré de papas que será receta futura para este blog. Cortamos el rollo en rodajas para presentar en la mesa y la salsa la podemos dejar entera o pasar por la Minipimer, de cualquier manera está exquisita.

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PASTA BOLOÑESA CURIOSA (invertida)

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Qué pasaría si de pronto algo viniera y te volviera tu vida del revés. Si cada mañana al despertar un martillo te diera contra la cabeza y no te dejara poner los pies en el suelo. Si cuando vieras las caras de tus hijos en el desayuno quisieras abrazarles fuerte, fuerte y prometerles que nada malo va a suceder, aún sabiendo que antes que ser hijos tuyos, lo son de su propio destino. Que pasaría si te diera por imaginar que en alguna parte del mundo hay un mesa y alrededor sentados unos señores siniestros que conspiran en tu contra. Que pasaría si en tu despiste chocas con el coche de delante y es un taxista malhumorado por las pocas bajadas de bandera, por la crisis, por las doscientas obras que se están acometiendo en la ciudad de manera simultánea. Qué pasaría si al salir de tu trabajo precario y escasamente remunerado te dirigieras al super y la cajera no se compareciera de ti y del ritmo frenético de la cinta, imposible llevar las cosas a las bolsas y vaciar el carrito desde el otro extremo. Y allí vuelven a estar los conspiradores siniestros, formando una fila de 20 personas detrás de ti, esperando por ti y porque le des ritmo de samba a tu compra y hagas todo a una, mientras la cajera te pide un dineral por las cuatro cosas que compras…..

Qué pasaría si de repente un día te llenaras de valor y le dijeras a tu marido que sabes que anda tonteando con otra y que se acabó.

Pasados los días pasaría y pasó que no estaba el martillo dándole golpes, solo salían unas lagrimillas que rápidamente había que secarse para que los niños no adivinaran su tristeza. Les daría los mismos abrazos, igualito de fuertes y con la certeza de saber que acabarían aceptando la ausencia diaria de papá, el mismo que no pensó en traicionar no sólo a ella, si no a toda la familia por pasar no sé sabe cuántos ratos, si mucho o pocos, eso ya daba igual,  al calor de otros abrazos. Pasaría y pasó que el trabajo se convirtió en una vía de escape y ya importaba un congo el número de días de asuntos propios. Pasaría y pasó que en el super el ritmo sigue siendo el mismo, pero ya no conspiran, ahora mira directamente a los ojos a la cajera y le dice:- Espere a que empaquete mi compra por la que ahora le pagaré un dinero que sustentará un porcentaje de su nómina. Y después, pasados los días nos llamaría a todas sus amigas y nos diría algo así…..

Un día leí un whatssapp  de fulanita de tal  a mi marido que ponía(……)

Hoy soy la mujer más triste del planeta, pero la más firme, la más segura y la más fuerte. No sé si le perdonaré algún día, solo sé que pensé que es lo que pasaría y dejé de sufrir por lo que no sabía y me imaginaba. Hoy sufro por recordar lo que fuimos, tuvimos e hicimos juntos, pero he recuperado mi vida y me recuperé yo de mi misma.

Por y para ella, por y para su dolor que cada día que pasa, me dice que se va haciendo más pequeño, preparo esta pasta boloñesa (invertida) porque a veces, cambiando el orden de las cosas, volvemos a encontrarnos en el camino.

 

INGREDIENTES (tienen trampa)

Este verano tuve la enorme suerte de disfrutar de un crucero y hacer algunas escalas en Italia. Concretamente en Venecia, compré esta pasta  “Pipettoni”   y es estupenda para rellenarla. No solo está buenísima si no que además llena de asombro y color la mesa en la que la sirves. Aquí en Gran Canaria la pueden encontrar en tiendas gourmet.

200 grs de pasta Pippetoni

200 grs de ternera molida

1 Cebolla

1 bote de 150 mml de salsa de tomate (mejor si es casera) si no hay que intentar que esté hecha con aceite de oliva

Aceite de oliva

Orégano

Sal

Pimienta negra molida

100 grs de queso parmesano

VAMOS A DARLE LA VUELTA

Cocemos la pasta según las indicaciones del paquete para dejarla al dente.

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Mientras se cuece la pasta, vamos cortando muy menuda la cebolla y la sofreímos en aceite de oliva hasta dejarla transparente y sin que se queme ni tome mucho color. IMG_0455

 

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Una vez tengamos el punto de la cebolla, incorporamos toda la carne molida a la sartén junto con la cebolla.

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Tan pronto como hayamos incorporado la carne, damos una par de vueltas (a fuego medio) incorporaremos la mitad de la salsa de tomate a la sartén y mezclaremos bien. Manteniendo el fuego a media temperatura, daremos vueltitas a todo de vez en cuando hasta que la carne se vaya haciendo suavemente. Salpimientamos e incorporamos orégano al gusto. (Le da un toque muy rico y sabroso).

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Ya estará cocida la pasta y la pondremos a escurrir. Dejaremos que se enfríe un poco para poder manipularla. Una vez podamos tocarla sin quemarnos y ya tengamos lista la salsa boloñesa, iremos cogiendo nuestros pipettones uno a uno con cuidado y con la ayuda de una cuchara de postre iremos rellenándolos y colocándolos en la fuente donde posteriormente los vayamos a servir.

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Inevitablemente alguno o algunos se pondrán romper pero aún así dejan un hueco estupendo para rellenarlos. Una vez los tengamos todos rellenos, los bañaremos con la salsa de tomate sobrante por encima. IMG_0472

 

Rallamos el queso parmesano y cubrimos la superficie de la fuente. IMG_0473

 

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Y ya por último le daremos un golpe de calor de 2 minutos (no más para que la pasta no se nos reseque) al gratén, bien en el horno ya caliente o bien en el microondas. Y listos para disfrutar, desde otra perspectiva una pasta boloñesa.

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BERENJENAS A LA NAPOLITANA

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Siempre se sentaba en la misma silla de mimbre. Le gustaba balancear sus piernas en el aire, no llegaba al suelo. Era divertido observar a las más viejas de la casa mientras cocinaban. Escuchar sus discusiones sobre quien de ellas hacía mejor esto o aquello. Al fondo la puerta,  se abría y se cerraba una y otra vez, al antojo del viento. Empezaban a llegar los olores y las tripas  le respondían girando sin cesar en su pequeña barriguita. Así pasaba las horas de los veranos eternos de su niñez. Entre pucheros , platos hondos y cucharas. Ayudaba a poner la mesa, colocaba los pesados platos de cerámica sobre la mesa de listones de madera, sin mantel. Servilletas de hilo,  blancas del sol que las secaba cada mañana, los cubiertos gruesos y mates de los años de uso y vasos de cristal que ya no brillaban pero que se llenaban de agua fresca y pura de la pila.  Entre gritos llamaban al resto a sentarse, alrededor de aquella mesa donde uno tras otro se llenaban los platos directamente de los calderos que las mayores, orgullosas transportaban desde la cocina hasta el viejo porche, con el suelo de pizarra y el techo de parras. Las moscas comían con el resto de la familia y no había almuerzo en que  los zarpazos al espantarlas no asustaran al resto menos a las moscas que volvían insistentes a posarse sobre el pan, sobre la perola de papas sancochadas, sobre la bandeja del rascacio frito, sobre las migas que iban quedando, sobre el mojo verde, sobre el escaldón de gofio,  sobre la manilla de plátanos maduros y sus pintitas negras, dulces y pegajosas….. Hoy tumbada en el sillón de su terapeuta recuerda con absoluta nitidez aquellos veranos, aquellos almuerzos, la compañía, las hojas de parra, la escoba barriendo el suelo, las moscas impertinentes, las olas de calor y el agua de la pila y le vuelve a responder a su gurú que aquellos veranos fueron y siguen siendo lo mejor de su vida. Se sienta en el sofá lo más atrás que le permiten sus posaderas e intenta balancear los pies en el aire. Cierra los ojos, las puede ver, a su Tata, a sus tías abuelas, a las vecinas, entre los fogones. Siente incluso el calor y el sudor que encendían sus mejillas y de vez el cuando le llega el frescor que batea la puerta. Tenía que haber hecho chiquititos aquellos veranos para llevarlos siempre en mis bolsillos. Lo único que me queda es la receta de las berenjenas de una pariente lejana que se había casado con un italiano y que nunca dábamos por finalizadas las vacaciones hasta que ella nos cocinaba las berenjenas a la napolitana. Cada vez que las preparo, su sabor me regala la certeza de que alguna vez en mi vida, fui inmensamente feliz.

Y yo feliz también porque su generosidad me regaló esta receta.

INGREDIENTES: (para dos)

1 Berenjena

3 Tomates maduros

1 Pimiento rojo no muy grande

1 Cebolla

1 manojo de hojas de albahaca fresca

1 cuchara tamaño postre de orégano

 1 diente de ajo

Aceite de oliva

Pimienta negra

Sal gorda

COMO BIEN DICEN, LA FELICIDAD NO ES LA META, ES LA ACTITUD, así que a preparar esta receta y a contagiarnos de optimismo

Antes que nada, lavaremos la berenjena y la cortaremos en rodajas de 1 cm de grosor, con piel incluída.

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Dejaremos ahora las rodajas de berenjenas sumergidas en agua para que pierdan el amargor y añadiremos un puñado de sal gorda. Reservamos.

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Ahora vamos pelando la cebolla y la picamos lo más pequeñita que podamos o mejor ayudarnos de una picadora eléctrica.

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En un caldero chato, pondremos el fondo de aceite de oliva y pocharemos la cebolla hasta dejarla transparente (no dejar que se queme)

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Picaremos ahora igualmente el pimiento rojo.

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Lo añadiremos al caldero junto con la cebolla y seguiremo pochando ambos.

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Utilizando también la picadora, pondremos dentro de la misma, las hojas de albahaca , la cucharada de orégano y el diente de ajo.

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Lo picaremos todo y lo mezclaremos con la cebolla y el pimiento. Removemos y mantenemos al fuego a temperatura media.

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Vamos poniendo ahora a escurrir nuestras rodajas de berenjenas y mientras se secan ligeramente, pasamos nuestros tomates maduros por el rallador.

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Una vez tengamos los tomates rallados, incorporaremos primero la rodajas de berenjenas sobre el caldero, intentado que no se queden muy sobre puestas, las repartiremos lo mejor posible.

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Ahora sobre las berenjenas, verteremos el tomate rallado. Taparemos el caldero y seguiremos manteniéndolo a fuego medio. Removeremos con cuidado de vez en cuando.  Así hasta 10 minutos después y ya estarán listas. Es muy importante tapar el caldero. Las berenjenas se guisarán y el olor que inundará nuestra cocina nos arrancará una gran sonrisa….. Delicioso.

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PUDING DE ESPÁRRAGOS BLANCOS

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Se levanta con prisas cada mañana. Cree que jamás ha hecho caso a la primera al incómodo pitido del despertador, siempre enemigo. Cada noche le marca las horas que no logra dormir y cada mañana la despierta de ese plácido sueño que no logra conciliar hasta antes de bien entrada la madrugada. Pero ella en el fondo lo sabe, sabe que eso,  solo es un maldito aparato que funciona porque ella le carga las pilas. No se calza zapatillas y el frío del suelo le recorre desde los tobillos a la corollina. Eso la ayuda a ponerse en pié de un salto. Siempre el primer idéntico pensamiento cada mañana….. No me parezco en nada a las que se levantan en el desayuno Special-K. Más frío, ahora directo a la cara mientras la empapa de agua. Se refugia en la toalla que se seca. Se mira y se  murmura al espejo todas esas inseguridades que la acomplejan y sigue a la cocina. Cafetera en marcha y a correr. Desde que da el primer sorbo una especie de descarga eléctrica recorre todo su cuerpo y escucha el mismo disparo que los atletas en la línea de salida. Prepara desayunos, prepara talegas de meriendas, despierta a la tropa, les bloquea la salida al pasillo para obligarles a enjuagarse sus angelicales caritas en el baño, les motiva con mensajes positivos solo con el fin de que se apuren y se vistan y se calcen. Les vuelve a apurar para que se acaben la leche con los cereales. Entre medio, ella se da algo parecido a una ducha, chorreando y ya algo perdido el tono animoso, empiezan las amenazas del tipo,:-El que no se haya acabado la leche cuando llegue a la cocina se queda sin consola todo el fin de semana. A medio vestir, entre un pantalón de deporte que bien podría ser de pijama (alguna vez) un ojo con rímel y otro todavía con alguna legaña, porteando las mochilas, las talegas, las bolsas de actividades complementarias, salen, siempre corriendo y apurando los minutos a la parada de la guagua y vuelve a pensar…. En nada me parezco a la mami de Actimel que sale tan vital y tan puntual a dejar a sus hijos cada mañana. Regresa a casa después de despedir desde la acera con las manos en alto agitándolas hasta que la guagua se pierde en la carretera. Como quien ve alejarse un trasatlántico. Y vuelve a poner en marcha los motores, para llegar a tiempo al trabajo, ese mismo trabajo que le permite pagar canguros todas esas tantas veces que el colegio requiera su presencia para reuniones, fiestas y celebraciones, catequesis, pediatras, dentistas y algún que otro imprevisto en algún que otro especialista. Y vuelve a pensar, debo de ser rara porque ni mis hijos ni yo, sonreímos en el dentista. Trabaja mientras piensa en la cena de sus hijos esa noche, mientras se acuerda que de camino a casa tendrá que pasar por el super, por la farmacia que no queda Dalsy, por la frutería, por la librería. Llega a casa, el sillón le grita que se tire y se regale un ratito, pero se dice que ella en nada se parece a esas chicas de la tele que desde un mullido y limpio sofá cosquillean la tripa de su bebé. Sigue y antes de comer deja prevista la cena de todos. Y vuelva a coger las llaves del coche y vuelve a salir a la calle. De nuevo se ha vuelto a olvidar de almorzar. Corre que se las pela de camino al cole, recibe contenta a sus hijos, los abraza, los besa y les pregunta por su día. Escucha cada batalla, cada secuencia en la vida de sus hijos, con especial atención a lo que cuenta el pequeño. Su tesoro más pequeño. Los reparte por sus actividades, los espera, los vitorea cuando marcan gol, cuando ganan la carrera, cuando encestan. Se hace oscuro el día y de regreso a casa, ya pensando en mañana. En que sus uniformes estén a punto, en que sus tareas estén terminadas. Repasa los huesos del cuerpo, sin calculadora para dar ejemplo, revisará las operaciones matemáticas, firmará y responderá las circulares y avisos varios que el día haya traído a su orilla. Pondrá la mesa y en ese momento se dará cuenta que aún no ha tenido tiempo de descalzarse los zapatos y que le aprietan. Recogerá la mesa, vigilará la limpieza de dientes, repartirá cariño y ternura en cada camita….. Serán las nueve de la noche y sus tripas le recordarán que no ha probado bocado. Escuchará una llaves girar la cerradura, entraré él y con un beso más al aire que a sus labios, le preguntará: -¿Qué tal tu día?……

Y ella se volverá a acordar que ha vivido un día más, pensando en todo  y en todos los demás, excepto en si misma.

Aquí queda esta receta, fácil y exquisita al igual que las vidas que nuestras madres  nos permiten vivir y dejan las de ellas,  por nosotros cada día y cada una a su manera.

INGREDIENTES:

1 lata de yemas de espárragos (solo de yemas)

1/2 vaso, tamaño de beber agua, de leche evaporada

1/2 cebolla

1 trozo de mantequilla

Sal y pimienta negra

3 huevos

MANOS A LA OBRA:

Antes que nada ponemos a escurrir las yemas de espárragos y encendemos el horno a 180º calor arriba y abajo para tenerlo listo para después. Ahora, ayudándonos de una picadora eléctrica, picaremos la 1/2 cebolla en tamaño muy menudo.

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En una sartén, pondremos a derretir el trozo de mantequilla, a fuego medio, no dejar que tome color y mucho menos que se queme.

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Cuando ya esté lista la mantequilla, añadimos la 1/2 cebolla picada y la salteamos. Seguimos a fuego medio.

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Mientras se va haciendo la cebolla, vamos batiendo enérgicamente los tres huevos.

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Después de batidos los huevos, añadimos a estos, el medio vaso de leche evaporada y volvemos a batir.

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Reservamos y ahora vamos a por las yemas de espárragos. Las pondremos sobre una tabla de corte y les hacemos cortes así un poco a lo loco, lo que pretendemos es que desmenuzen algo sin que pierdan mucho cuerpo.  Reservamos.

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Volvemos  la sartén donde estábamos pochando las cebollas y cuando ya estén bobitas y transparentes, añadimos las yemas de espárragos desmenuzadas. Salteamos unos minutos má dando vueltas para que se mezcle bien con la cebolla.

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Pasados unos cinco minutos, retiramos del fuego y pasamos la mezcla al cuenco donde teníamos batidos los huevos con la leche evaporada. Mezclamos bien y damos buenas vueltas para que todo quede bien repartidito. Salpimentamos al gusto.

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Reservamos. Ahora cogemos un molde apto para horno (yo utilizo alargado) y lo cubrimos con papel vegetal para horno.

IMG_8675Echamos la mezcla dentro del molde ya forrado y cogemos ahora una bandeja apta para horno, más grande y con cierta profundidad, de manera que se cocine el puding al baño María.

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IMG_8679Lo introducimos así mismo en el horno. Mantenemos temperatura y función (180º calor arriba y abajo) durante unos 25 ó 30 minutos. Dependerá de cada horno, así que lo mejor será comprobarlo. Para ello introduciremos un cuchillo y cuando ésta salga limpio, nuestro puding también lo estará.

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Se puede comer caliente o frío acompañándolo en este caso de mayonesa…. De las dos maneras es exquisito.

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PAPAS (con aroma de romero)

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Todos en el barrio la llamaban Tomasa “la loca”. No era ni mucho menos respetada, era temida, muy temida.  Tomasa rara vez salía de su pequeña y vieja casa, pero cuando lo hacía soportaba las burlas de los chiquillos del barrio que corrían tras ella y la llamaban loca. A los niños no les respondía. Ella jorobada por los años, con cuatro pelos blancos que le quedaban en su cabeza, seguía a paso ligero derechita a la tienda de la esquina. Compraba papas, un cartón de leche y cuatro panes y de regreso a su escondite. De vez en cuando le daban “los ataques” como decían en el barrio. Abría la única ventana de su casa que daba a la calle y lanzaba toda suerte de cosas que encontraba.  Volando podían aparecer, calcetines, un colador, una silla, un florero que se hiciera añicos, un jersey. Mientras los lanzaba gritaba  profecías sobre todo aquel curioso que se acercara. La gente corría y desaparecía de su vista. Algunos se reían, las más viejas se presignaban porque creían que Tomasa era la viva imagen del demonio.  Ya de madrugada, cuando el barrio dormía, Tomasa salía en bata y recogía el desastre, pertrechada con una escoba,  limpiaba la calle de toda su ira, regresaba y nadie la volvía a ver hasta que volviera a la tienda a comprar, su kilo de papas, su cartón de leche y sus cuatro panes. Jamás fue a la misa del domingo, jamás participó de una verbena. De la tienda a su casa, de su casa a sus ataques. Y así se le fue yendo la vida. Los más viejos del barrio decían que de chiquilla había sido una niña de lo más alegre. Venía de buena familia, pero todos se habían ido a hacer las Américas hacía ya muchos años. Ella se había quedado aquí por amor. Pero lo que la volvió loca, nadie lo sabía. De jovenzuela andaba por los bailes con un muchacho inglés, bien parecido. Pero él desapareció de repente.

Hasta que un día, sus vecinos más cercanos alertaron al guardia del mal olor que salía de casa de la “loca”.  El guardia se hizo acompañar de otro compañero, ni él se atrevía a molestarla. Ya por la tarde y tras intentar a golpes en su puerta que Tomasa la abriera, decidieron tirarla abajo. Cierto que salía muy mal olor. Los vecinos se agolpaban en la puerta, los chiquillos se abrían hueco entre las piernas de los mayores y a gritos iban retransmitiendo lo que iban viendo. Hasta que uno de los guardias salió y fue dispersando a la muchedumbre que se concentraba allí. Tomasa había fallecido. Nadie sabía cuantos días podía llevar muerta y sola en su casa.

No tardaron en correr leyendas por las calles del barrio. La más disparatada es que había sido vedette en la post guerra y que las noches de juerga y el  alcohol le habían tirado a la cabeza. Todos los vecinos y todas las historias la velaron aquella noche. Rezaron por ella y por su endemoniado espíritu, mientras se hacían corrillos y crecía la leyenda.

Hubieron tantas historias como vecinos en el barrio. Vecinos que ahora, todos aseguraban haber hablado con ella, haber entrado a su casa a calmarla alguna vez. Hasta el párroco se aventuró en el sermón de su funeral a decirles a todos que ella confesaba a diario, cuando nadie la veía.

Lo cierto es que Tomasa dejó de estar en este mundo hacía muchos, muchos años atrás. Cuando la vida más le sonreía al lado del  amor de su vida, Dios les bendijo con un precioso varón que nació sano. Días después de dar a luz, en la estricta intimidad de aquella recién estrenada familia, Tomasa se despertó una mañana, el bebé no estaba en el camastro ni su hombre aparecía por sitio alguno. Solo quedaba una carta, sobre la mesa de la cocina. Él le explicaba que era un hombre casado, que había sido muy feliz a su lado pero que debía volver a su casa, donde Dios había pasado de largo y nunca le había dejado el regalo de un hijo. Me lo llevo conmigo, no quiero que vivas la deshonra de ser una madre soltera. Tranquila, eres fértil y bella y la vida te volverá a regalar muchos hijos, le decía en resumen en aquel papel.

Eran por aquel entonces los años cuarenta. Y Tomasa se volvió loca. Cuando falleció habían pasado cincuenta años más. Eso sí, su casa estaba destartalada el día que los vecinos,  ya sin el cuerpo presente,  se aventuraron a entrar por la ventana de la ira. Todo estaba viejo, rancio y gastado. Todo excepto un camastro pequeño, tallado a mano, con un jueguito de sábanas blancas de hilo con unas iniciales bordadas.  Te acercabas a aquel camastro y olía a agua de rosas. Aquella imagen solo sirvió para avivar más aún la leyenda de Tomasa. Nadie supo nunca de la verdad de su locura, nadie ni viva ni muerta,  tuvo para ella un instante de ternura, ni siquiera ella consigo misma.

Dicen los entendidos que nuestro cerebro se resigna antes de una pérdida que de una traición. Creo que ni una cosa ni la otra. Lo que si que es cierto es que la locura, a veces,  es  el único antídoto contra el dolor.

INGREDIENTES

Tantas papas como gente tengamos a comer a casa. Yo en este caso utilizé cuatro medianas

Aceite de oliva

Sal gorda

Pimienta negra molida

Unas hojas de romero fresco

ESTA ES UNA GUARNICIÓN PERFECTA, CASI QUE PARA CUALQUIER PLATO

Pelamos las papas, las lavamos bien y las introducimos en un caldero con un puñado de sal gorda. Las ponemos al fuego directamente, sin esperar que el agua hierva.

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Una vez que el agua rompa a hervir, calculamos 10 minutos de reloj.

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Pasados los 10 minutos, las ponemos a escurrir, aún estando las papas algo duras (se terminarán de hacer después en el horno)

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En este momento pondremos el horno a precalentar, calor arriba y abajo a 200º.

Ahora cogemos una fuente apta para el horno y repartimos aceite de oliva sobre el fondo. No en exceso, simplemente para que después, las papas no se queden pegadas.

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Colocamos las papas dentro de la fuente y las partimos en pedazos algo más pequeños, pero que aún conserven un tamaño interesante (no pequeño, ya que va a ser una vistosa guarnición).

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Volvemos a echar, ahora sobre las papas, un chorrito de aceite de oliva y con ayuda de una brocha de cocina, pintamos con el aceite ligeramente, la superficie de las papas.

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Añadimos ahora, al gusto, un poco de sal gorda y pimienta negra molida.

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Y ya por último, lavamos bien unas ramitas de romero y desmenuzamos las hojas que las iremos echando sobre las papas.

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Introducimos nuestra fuente con las papas en el horno, manteniendo la misma temperatura (200º arriba y abajo), unos 25 minutos. El aspecto final debe ser el de la papa doradita por fuera. Y ya tenemos una guarnición perfecta tanto para carne, para pescado o para pollo. Sabrosas y con aroma. Al partirlas verán que está doradita por fuera y muy cremosa por dentro, manteniendo todo su sabor a papa y ese regusto final a romero…. Exquisitas.

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ENSALADA DE ESPINACAS

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Releyó aquel e-mail unas cien veces. En la soledad de su habitación de aquel hotel, uno cualquiera en cualquier parte del mundo. Después de esas cien, volvió a leerlo en diagonal. Buscaba explicaciones que allí no estaban escritas. Cristina se casaba. Cristina, Cristina, Cristina, se repetía una y otra vez. Hacía más de un año que no la veía. Incluso cuando dejaron de ser pareja tampoco la había visto. Él estaba en Beirut (trabajo) y cuando regresó a casa tan solo quedaba de ella una nota manuscrita que decía:- Adiós, Efrén. No puedo más. Soy muy débil para vivir sola, dentro de esta extraña pareja. Un plato de espinacas en la nevera le dio la pista para saber que no hacía mucho que Cristina se había ido. Aún conservaban ese intenso color verde. Cristina y el verde, todo se lo come verde….. Pues a seguir sólo, pensó. Decidió no llamarla, no mandarle mensajes, ni mails, ni whatssap. ¿Para que iba a servir? Al fin y al cabo ella misma lo decía en su nota, se sentía sola dentro de aquella pareja y él había sido muy claro con respecto a su trabajo. No la había engañado. Tenía que viajar constantemente, tenía que cumplir con horarios inusuales y no quería ni sabía delegar. No estaba hecho para el compromiso, ya bastante tenía con la responsabilidad de asumir su cargo.

Pero un año después, Cristina se casaba. No pegó ojo en toda la noche. Un año después volvía a tener noticias de Cristina. Textualmente le escribía:

Querido Efrén, me atrevo a ponerte este correo para informarte de que me casaré dentro de unos días. Tranquilo, no espero respuestas. Imagino que esta noticia te es del todo indiferente pero para mí no lo es. Me parece importante que lo sepas, ya que hace un año abandoné tu casa y aún hoy no tengo ni la más remota idea de si has ido por allí y te has dado por enterado de nuestra situación. Lo dicho Efrén, que me caso y que espero de todo corazón que las cosas te sigan yendo igual de bien.

Un fuerte abrazo, Cristina.

Por momentos se engañaba y se decía, no debe de ser tan feliz, en tanto en cuanto, se acuerda de mí. No, no me ha olvidado. Cristina tiene terror a la soledad y se casa por no estar sola. Se casa porque le importa mucho el qué dirán y ya va a cumplir cuarenta y es la única de sus amigas que aún no se ha casado. Por eso y por la maldita perreta de ser madre. Con lo que coarta un hijo. Ella no ha pensado bien lo que significa tener un hijo. Mis amigos y mis colegas que se han aventurado a tener familia, están gordos, apagados, absolutamente domesticados bajo el yugo de sus esposas, hijos, mascotas…. Qué va!!! Cristina no sabe lo que está haciendo.

Se levantó de un salto de la cama. Volvió a leer el mail. Despacio, muy despacio. Se acercó al mini bar, se sirvió un Gin-Tonic. Dio un sorbo, después un trago más profundo, le llegó a quemar la garganta. Se tiró en la moqueta, de aquel hotel, de alguna parte del mundo y comenzó a llorar.

Era la primera vez en su vida que se sentía sólo y vulnerable. Era la primera vez que necesitaba los brazos de su madre desde que con un año comenzó a andar. Era la primera vez que pensaba en Cristina más que en su trabajo.

Las luces del día le despertaron. Le dolía todo el cuerpo. No quiso mirar la hora. Por primera vez en muchos años, no quería saber qué hora era. Se duchó, dejó que el agua cayera sobre su cabeza con la intención de borrar el mail de Cristina de su memoria. Volvió a llorar, a llorar por ese futuro por el que tantos y tantos años había trabajado, para llegar a ser ¿el qué?, ahora no se sabía las respuestas….. El mejor, el más rico, el ejecutivo más agresivo….??????

Se abrazó a si mismo envolviéndose en la toalla, se sentó a los pies de aquella cama de hotel. Dejó pasar el tiempo, dejó de atender todas las llamadas que incesantemente sonaban en su blackberry. Y allí se quedó, esperando un futuro, de repente incierto. Sin Cristina, había dejado de tener sentido el mañana. Se hizo tarde, muy tarde, en ese día, en aquella habitación de hotel de aquella parte del mundo y en su vida. Llegó tarde a su propia vida.

INGREDIENTES:

2 Manojos de espinacas

150 gras de Bacon en tiras o en trocitos

100 grs de queso Parmesano

Aceite de oliva virgen

Vinagre de Módena

Sal en escamas o sal gorda

SE HACE MUY RAPIDITA, ASÍ NOS DEJA TIEMPO PARA LAS COSAS QUE REALMENTE IMPORTAN….

Deshojamos las espinacas desechando el tallo y conservando las hojas. IMG_9044

Las lavamos bien y las escurrimos y las secamos igual de bien.

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Una vez lavadas y secas, las colocamos sobre la bandeja o ensaladera en que la vayamos a servir.

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Ahora vamos cortando el parmesano en lonchas como se pueda. Es un queso tan duro que mejor hacerlo con un cuchillo no muy grande, tipo navaja (que diría mi abuela) y se nos quedan lascas irregulares pero finas. Las vamos colocando sobre las espinacas ya dispuestas en nuestra bandeja.

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Ahora saltearemos el bacon en una sartén antiadherente ya que no le vamos a poner nada de aceite. El bacon se hará en su propia grasa. Lo dejaremos bien churruscadito.

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Una vez hecho el bacon, lo colocaremos sobre las espinacas y el queso y ya solo nos queda aliñar.  Para ello mejor al gusto de cada uno. Yo le aconsejo aceite de oliva virgen un buen chorrito, otro buen chorrito de vinagre de Módena y por último el toquecito de sal en escamas o en su defecto, de sal gorda. Y a disfrutarla. Intensa y diferente. Muy recomendable.

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ATÚN ROJO MACERADO

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Esta receta tiene banda sonora…. Recuerdo entrar en casa, siendo apenas adolescente, volvía de clases de inglés. Se escuchaba música que salía desde el salón haciendo sonar el tocadiscos de vinilo. Era Sweet Caroline de Neil Diamond.  La puerta del salón estaba cerrada. La hice correr y tras ella, allí estaban los dos. Me miraron y seguidamente se miraron entre sí y automáticamente ella respondió: – Es Vane, mi hermana, la del medio. Él me sonrió y  volvió a mirarla con esa cara de tórtolo enamorado que aún hoy la pone cuando la escucha hablar, cuando la ve llegar, cuando tropiezan sus miradas. Aún hoy, unos cuantos años después.

Aquella fue la primera vez que un chico, más que amigo, entraba en casa con el resto de la tropa familiar allí presente. No tardaron en invitarme a abandonar el salón pero mi inquietud era igual de apremiante… Quería saber quién era él, si era novio o no novio de mi hermana mayor, de dónde había salido, lo quería saber todo y lo quería saber en aquel preciso instante. Hice bien mi papel, ejercí de hermana mediana y puñetera, así que después de la invitación volví una y una otra vez  a aquel salón con mil absurdas excusas y con la única intención de pillar al vuelo, un beso furtivo, una caricia reveladora, una conversación romántica.

Cuando aquel muchacho  desgarbado salió de casa,  mi hermana no tardó en buscarme y recriminarme mi actitud infantil (sin duda alguna que lo fue) pero para mi  dio comienzo toda una expedición que me llevaba a la búsqueda de pruebas. Tenía 14 años, a esa edad descubrir las intimidades de tu hermana mayor se convierte en una aventura apasionante. Así que por propia decisión me convertí en la testigo número de uno de una bella historia de amor.  Aquel fue el punto de partida y desde ese preciso momento  no ha hecho más que crecer y multiplicarse.  Hoy uno cuantitos años después soy tia orgullosa de tres sobrinas maravillosas y además madrina de una de ellas. Si con mi  hijos no corté el cordón,  con mi ahijada María comparto latidos de mi corazón. Especial y única. Y aquel desgarbado muchacho es mi cuñado, pero decir eso es no decir apenas nada. Mientras sonaba Sweet Caroline entraba en mi vida mi hermano, el que nunca parió mi madre ni contribuyó en su existencia mi padre. No es mi cuñado, es mi hermano porque así lo siento, así lo quiero, así hemos compartido nuestras vidas y así lo seguiré queriendo porque hace a mi hermana la mujer más feliz del planeta y porque al resto nos prepara platos exquisitos y deliciosos en sus pocos ratos libres. Este es uno de ello y cada vez que lo intento simular tarareo  Sweet Caroline tin tin tin…..

INGREDIENTES

200 grs de atún rojo cortado en tacos

1 Cuchara sopera de mostaza de Dijon

1 Cuchara sopera de mostaza fuerte

100 mml de salsa de soja

1 Cuchara tamaño moka,  de jengibre en polvo

100 mml de aceite de oliva virgen

100 mml de vinagre de Módena

El zumo de medio limón.

SI CANTAMOS MIENTRAS LO HACEMOS, SALE MÁS RICO

Disponemos el atún en una fuente, preferiblemente de cristal y de la que después tengamos tapa lo más hermética posible. Sobre el atún echamos las dos cucharadas soperas de los dos tipos de mostaza.

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Sin mezclar nada, lo haremos todo junto al final, verteremos seguidamente los 100 mml de salsa de soja

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Ahora le toca el turno a los 100 mml de aceite de oliva virgen

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Ahora los 100 mml de vinagre de Módena

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Ahora exprimimos el zumo de medio limón y también lo vertemos sobre el resto

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Y por último y antes de empezar a mezclar, la cucharadita tamaño moka de jengibre en polvo

IMG_0367Con ayuda de una cuchara empezamos a mezclar, una y otra vuelta, una y otra vuelta, hasta que se integren bien todos los ingredientes. Tapamos y dos horas en nevera antes de consumirlo. Delicado pero exquisito. La suavidad del atún rojo crudo contrasta y explota en nuestra boca llenándola de sabores absolutamente dispares pero creando a su vez un conjunto de lo más armonioso…. Sweet Caroline ti ti ti!!!!!

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QUEQUE MÁRMOL

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Hora de la merienda en la  tarde de domingo. Llueve tras las ventanas y las manecillas del reloj que cuelga en la pared parecen ir más lentas que de costumbre. No hace frío pero mis pies están helados y también mis manos. En la cocina se escucha salir el vapor de la cafetera a la vez que llega intenso el aroma de un café natural que invade por completo la casa. Apenas entra luz, el día está muy gris pero me resisto a encender las luces artificiles. Hay mucha paz. Lleno hasta arriba una taza blanca de cerámica con el café recién colado, le añado unas cucharillas de azúcar moreno, remuevo y vuelve a regalarme su aroma. Empieza a escucharse algo de viento allá afuera y la lluvia golpea con más fuerza los cristales. Se apaga aún más la tarde.  Me llevo la taza al escritorio y antes paro y reparo en el queque que está dispuesto en la encimera,  tapado con la rejilla de bambú que una buena amiga me regaló hace unos cuantos años. Corto un pedazo modesto y me digo, qué demonios y entonces le doy un buen tajo. Lo coloco encima de una romántica servilleta de topos blancos con fondo rosa, esas servilletas le encantan a mi princesa y me pelearía si ve que se las utilizo. Las considera suyas exclusivamente.  Me voy derechita al escritorio que compartimos mi chico y yo en casa, empiezo a teclear esta receta con la intención de hacérsela llegar por mail a una querida amiga. Me paro, vuelvo a pensar, repesco las cantidades de cada ingrediente en algún papel que estará vaya a saber dónde y aporreo las teclas. Me vuelvo a parar y me imagino este blog cuando aún no lo era.

Llego a mi trabajo al día siguiente y comparto la idea con una compañera fenómena en la materia tecnológica, más fenómena como persona, todo sea dicho. Y en cinco minutos mi tarde creativa, mi pedazo de queque y mi café se materializaron en lo que ustedes están leyendo hoy. Esta fue la primera receta que intenté escribir y que después nunca subí, sobre todo porque en aquel momento no se me ocurrió hacerle foto alguna.

Desde aquel instante en que salí del despacho de mi compañera Esther hasta hoy, he cocinado mucho, he fotografiado cosas que jamás ni nunca antes, habían despertado mi interés…. Nunca pensé fotografiar un huevo, la verdad sea dicha. Hasta hoy, otra tarde de domingo, hoy soleada y llenitas de luz las ventanas llegó el momento de que mi amiga Ana, a la que después no envíe aquel mail, tenga la receta del queque inspirador. Y ustedes, los que cada día con un montones de visitas que jamás pretendí ni esperé, tengan mi agradecimiento. Cuando me llegan las notificaciones de las estadísticas con las visitas que recibe el blog, me abruma y hasta me conmueve. Ha habido tantas anécdotas desde que comencé esta “aventura” (mi chico me dice que el blog le roba tiempo para estar conmigo, como si fuera un amante,  pero se alegra más que yo si cabe, cuando algo me entusiasma) y todas y muchas positivas. Sobre todo y antes de seguir, a todos los que están ahí  detrás y muchos sé que ni siquiera me conocen, darles las gracias por su tiempo. Si algo nos falta siempre en la vida es precisamente tiempo, sobre todo el que nos queda por vivir, ese, siempre nos parece poco.  Agradecer la confianza, si además se han animado a cocinar algo de mis humildes, rápidas y sabrosas propuestas, al menos para mi paladar y para los que cocino. Agradecer la ternura que han puesto en la lectura de mis historias, si las cuento es porque a mi también me enternecen. Agradecer los ánimos cuando no he visto claro el futuro del blog, sobre todo por el tiempo del que acabamos de hablar. Tres hijos y el trabajo dentro y fuera de casa no siempre hacen que la fórmula cuadre. Esta ciencia no es exacta para nada. Agradecer a Rebeca y a Chani su ayuda diaria para que yo pueda robar tiempo impunemente de otras cosillas sin que se note mi ausencia. Y a mi chico, que me espera ansioso para cenar mientras yo aporreo teclado, como cuando éramos novios y me esperaba a la puerta del cine.  Agradecer a mis hijos la constante fuente de inspiración que son en mi vida y su paciencia y su delicadeza cuando me ven aquí sentada,  escribiendo para ustedes.

Son muchos miles de visitas ya y desde muchos sitios del mundo que ni siquiera conozco y me encantaría tener los nombres de todos y de cada uno. No es posible, pero no hay nada imposible. El agradecimiento más grande es para ustedes a los que también les robo su tiempo y que lejos de penarme por ello me premian. GRACIAS DE TODO CORAZÓN.

INGREDIENTES:

1 Yogurt sabor vainilla

1 sobre de levadura en polvo (yo siempre utilizo Polvos Royal)

3 huevos

1 vaso (tamaño vaso del yogurt) de aceite de oliva, hay quien prefiera para los postres aceite de maíz (tipo Happyday)

2 vasos (tamaño vaso del yogurt) de azúcar blanca

3 vasos (tamaño vaso del yogurt) de harina de esponja (o harina para bizcochos)

3 cucharadas soperas de cacao en polvo (el que da el mejor sabor, es el de Cadbury, sin lugar a dudas)

VA POR ANA, QUE LLEVA ESPERANDO ESTA RECETA MUCHO TIEMPO….

Cogemos una fuente grande o un vaso de batidora directamente, siempre y cuando sea bien grande.  Vertemos todos los ingredientes a excepción de las tres cucharadas soperas de cacao en polvo y batimos. Lo mejor para no dejarnos los bíceps es hacerlo en batidora eléctrica.

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Lo mejor es batir durante unos tres minutos. No se preocupen si quedan grumos. Dicen que uno de los trucos para que los queques queden esponjosos, está precisamente en no batirlos demasiado.

Una vez tengamos la mezcla ya batida la separemos en dos fuentes a partes iguales.

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En una de las fuentes, solo en una de ellas, incorporaremos las tres cucharadas soperas de cacao en polvo y volvemos a batir, esta vez a mano con ayuda de unas varillas.

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Ahora cogeremos un molde apto para el horno y lo forraremos de papel sulfurizado (papel vegetal para horno) y así nos evitamos el estar engrasando el molde, además se despega estupendamente y no es nada insalubre.  Una vez forrado el molde, a mi estos queques me gusta hacerlos en moldes alargados, iremos echando por capas cucharones tamaño soperos de ambas mezclas, intercalándolas entre sí. Esto nos dará el efecto mármol.

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Uno o dos cucharones de la mezcla amarilla, unos o dos cucharones de la mezcla con cacao y así sucesivamente hasta que agotemos ambas masas o pastas.

Precalentaremos el horno a 200º calor arriba y abajo sin ventilador y una vez hayan pasado 10 minutos de precalentamiento, introduciremos el molde unos 45 minutos a idéntica temperatura. Lo mejor es vigilarlo cada cierto tiempo y nunca,  nunca abrir la puerta del horno hasta que ya veamos que el queque ha subido y comienza como a abrirse en dos por la parte de  arriba.

IMG_3002Y ya solo queda disfrutarlo y yo, por mi parte,  volver a darles las GRACIAS.

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LASAÑA DE BERENJENAS (Llegó el otoño)

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Y llegó el otoño, aunque en Gran Canaria el termómetro se resista a darle la bienvenida (Qué caloorrrrr). Hace pocos días acudimos unas amigas y yo a una charla, no era metafísica ni mucho menos pero lo que si que es cierto es que todo giraba en torno al ser humano y la naturaleza, en torno a todos los fenómenos que acontecen en nuestra a vida a diario y que no los percibimos pero que a su vez son esenciales para encontrar el equilibrio necesario para convivir en este planeta.  Nos decían, entre otras cosas,  que los seres humanos deberíamos acompasarnos con las estaciones del año, por instinto puramente, como lo hacen los animales. El otoño es tiempo de soltar lastre, de dejar caer todo aquello que ya no debería acompañarnos en nuestro camino. Tenemos una estación completita para hacerlo. Aunque después llegará el frío invierno, porque todo aquello de lo que nos habremos desprendido, nos dejará en un principio cierta sensación de vacío y eso da frío, a veces mucho frío….

Todas salimos de aquella charla algo taciturnas pero a la vez muy enérgicas. Como en cascada e interrumpiéndonos unas a las otras íbamos dando nuestras propuestas para seguirle el ritmo al otoño…. Se escuchó de todo y el resto de la velada fue de lo más disparatada.

El ímpetu a mi me duró lo mismo que las siete horas de sueño de aquella noche. Al día siguiente seguí con mi rutina y entre las sábanas y el edredón quedaron todos los propósitos. Mi alma iba a seguir pesando porque no tenía tiempo para soltar lastre o quizás me faltaba valentía. A lo largo de la semana fui hablando con alguna y algunas de aquel nutrido y emprendedor grupo pero la que más o la que menos había desistido del esfuerzo y se habían planteado que quizás el próximo otoño…. Siempre vuelve cada año, no?

Pero no le pasó lo mismo a Macarena. A ella me la encontré de sopetón en el súper. Subida a unos stilettos de vértigo. Maquillada como una muñeca recién salida de su cajita, natural pero esculpida. Sonriente y relajada. Un little black dress que iba más allá de la mera insinuación de sus curvas. Peinada de peluquería, un asombro…. y en el súper. Me achuchó y me dio dos besos sonoros y cariñosos. La asalté sobre la marcha, -Tuviste fiesta en el trabajo?????. Pero qué guapa que estás!!!.  Me miró, levantó la cabeza en un gesto que podía parecer algo altanero, dejó caer sus maquilladas pestañas con coquetería y me respondió: -No, no he ido a ninguna fiesta. Mejor que eso amiga. Di la bienvenida al otoño, le agarré del brazo y mi fiesta es que bailo al son de la naturaleza.

A pesar de que yo había acudido con ella a aquella charla, la miré con asombro y escuché su respuesta con incredulidad. – No, no  me mires así. Lo primero que hice aquella noche fue llegar a casa y decirle a la seta tecnológica que está plantada en el sofá del salón que me empieza a tener presente en su vida o dejará de ser hoja de mi árbol. Cuando le conocí, él era mi raíz. Crecí junto a él, maduré y tomé conciencia del mundo. Se fue desarrollando el tronco y el era el epicentro que me mantenía erguida pese a la gravedad. Seguí creciendo en base a él. Dimos ramas y frutos del mismo árbol y esas ramas son fuertes y se que siempre las querré conmigo, no así a la seta de mi marido que día tras día ve pasar la vida a través de su despacho o lo que es peor aún de su tableta. Ya no necesito su centro de gravedad, ni alimentarme de sus raíces. Es una hoja y estamos en otoño y bailo a su compás, así que peligra…. Por ahora, en estos dos días he conseguido llegar a casa y que apague el televisor por propia iniciativa. A la mañana siguiente de mi amenaza de poda, llamé a mi madre. La pobre anda un poco sordilla pero creo que me entendió y le dije: -Mamá, PERDONA!!!!. Perdona por haberte dado tantos dolores de cabeza, por las noches en vela esperando a que dejara de hacer locuras adolescentes y regresara a casa. Perdona por las veces que te grité mis respuestas sin haberte prestado atención ni tan siquiera a lo que me preguntabas. Perdona por no entender el amor que me diste y que no entendí hasta el día en fui madre. Y GRACIAS, gracias mamá porque sin tu educación yo habría sido incapaz de educar a mis hijos. Ahí quedó otra hoja del árbol, una bien grandota que me recordaba lo cruel que había sido con mi madre, con la persona que con toda probabilidad, más me ha querido nunca.  Y por la tarde quedé con mis amigas de la EGB, esas amigas que las mantienes por pura inercia y por los años ya gastados. Esas que cuando me venían me decían que estaba más gorda, que mi hijo era extraño, que mi boda fue un desastre, que sus vacaciones eran mejores que las mías, que si me echaban un piropo, acto seguido me pedían un favor,…. Les dije, niñas las invito a un café y aproveché y así vestida como ves les solté de sopetón: – Me tienen hasta la peineta y las he reunido aquí para mandarlas al carajo. Cuando me veo con ustedes el resto del día me lo paso bostezando, tristona y arrastrada. Me miraron como lo estás haciendo tú ahora, no daban crédito. Una se levantó y se marchó. La otra lo mismo, no sin antes soltarme: -No vuelvas a llamarme en toda tú vida. Y ahora me vine a hacer la compra, tan contenta y tan ligera como ves. Uffff, no me quitado hojas secas, siento que me he quitado años. Esta debe ser una sensación parecida a lo que sienten las que se hacen un lifting….

Conmigo si quiso quedar para otro día, nos despedimos con alegría y cada una empujó su carro, ella entrando en el verdadero otoño y la revolución que trae consigo yo me fui a por unas berenjenas que allí estaban en el estante, brillantes, resultonas y maravillosas. Como mi amiga Macarena.

INGREDIENTES:

2 Berenjenas grandes

300 grs de ternera molida

250 mml de salsa de tomate (preferiblemente casera)

1 Cebolla grandita

Unas hojas de albahaca

150 mml de salsa bechamel

Sal gorda y pimienta negra molida

Queso para gratinar

Aceite de oliva

BIENVENIDO OTOÑO:

Primero que nada haremos que las berenjenas pierdan su amargor cortándolas en rodajas de 1/2 cm de grosor y sumergiéndolas en agua con sal.

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Una vez pasada una media horita después de haberlas sumergido, calentaremos un poco de aceite en una sartén y pasaremos las berenjenas como para hacerlas a la plancha.

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IMG_8255Una vez las hayamos hecho todas, las reservamos.

Pelamos entonces la cebolla y la picamos muy fina, a ser posible en picadora eléctrica.

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Ahora, en la misma sartén donde hemos salteado las rodajas de berenjenas, sin lavarla, echaremos más aceite para dorar la cebollla, solo hasta que se nos quede transparente. Cuidado que no se nos queme ni se nos dore demasiado.

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Mientras se nos va haciendo la cebolla, cogeremos un recipiente apto para el horno y con buen fondo e iremos colocando una capa de berenjenas, como si fuesen las placas de pasta de la lasaña pero con las rodajas de berenjenas. Reservamos este y el resto de berenjenas que luego iremos incorporando.

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Ya tendremos la cebolla en su punto, así que ahora incorporaremos los 300 grs. de ternera molida y saltearemos hasta que la carne deje de estar roja. Cuidado de no pasarla mucho porque se puede poner dura y reseca.

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Sobre la carne echaremos la mitad de la salsa de tomate y reservaremos el resto. Removemos y mezclamos bien.  Salpimentamos.

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Una vez conseguido este punto en la mezcla, lo mantendremos a fuego muy suave y lavaremos unas 10 hojas de albahaca y las picaremos lo más finas posible.

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Incorporamos la albahaca picada a la mezcla y removeremos bien.

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Ahora volcaremos la mitad de este relleno sobre la fuente con la capa de berenjenas al fondo que teníamos reservado.

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Una vez hecho esto, colocaremos entonces sobre el relleno otra capa de berenjenas y repetimos operación una altura más. Cuando tengamos la tercera capa de berenjenas dispuesta, echaremos encima la salsa de tomate restante que teníamos reservada, una capa de salsa bechamel y por último una capa de queso para gratinar.

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Precalentaremos el horno a 200º en función gratén y cuando esté listo, introduciremos nuestra espectacular lasaña durante unos 12 minutos o cuando vean que se ha fundido el queso.

Y a disfrutar del otoño, soltanto lastre o comiendo berenjenas, todo vale mientras que lo que hagamos sea lo que queramos hacer.

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