CARPACCIO DE CALABACÍN

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Fun fun fun…. Todavía resacada. Los niños de vacaciones hasta hoy!!!!!!. Bienvenida bendita rutina. En el fondo se que no debo ni tengo de que quejarme pero ya el ritmo de los villancicos, las carreras dentro de El Corte Inglés mientras mi chico los entretenía y los aupaba para que los peques dieran la carta a sus Majestades, los reencuentros, las siempre tristes despedidas, las malas noticias que te hurgaban más el alma por eso de estar en Navidad, así como las buenas que las celebrabas sentándote alrededor de una mesa, una vez más.  Las horas de pie en la cocina, las amigas que deben de verse por Navidad aunque sea un jueves y la inercia y la alegría te llevaran a beberte dos copas de vino y al día siguiente a trabajar, los cursillos de los peques, distintos, en diferentes horarios, rizando el rizo. Y mi chico y yo haciendo gymkanas por la ciudad, pasando horas de atascos en el coche… Pero ya está aquí, ya llegó: la rutina.Vestida cual Diosa griega a serenarnos y como si de un milagro se tratara, nos devuelve de repente el sentido común que dicho sea de paso, es el menos común de los sentidos. Ella y su clarividencia nos van ayudando a guardar el misterio del Belén, a descolgar bola a bola las figuras del árbol, a cerrar las ramas, a enredar las luces nuevamente, a aborrecer los turrones , a buscar los tickets para las devoluciones, a prometernos un año más que las navidades que viene compraremos menos y con más cabeza….. y a meternos en cintura. Literal y figuradamente. Así que aquí dejo este carpaccio, bajo en coste y en calorías. Bienvenida, bendita rutina.

INGREDIENTES:

1 Calabacín mediano o grande, depende de los que se lo vayan a comer. Con uno mediano nos da perfectamente para dos o tres personas.

1 Tomate maduro y rojito.

Queso parmesano

Vinagre de Módena en crema (este ingrediente es importante, ya lo venden en todos lo súper)

SENCILLO Y MUY SUAVE…..

Lavamos muy bien el tomate y los rallamos. Si tienen un rallador grueso mejor, si no pues del que dispongan. IMG_9562

Una vez lo hayamos rallado, colocamos sobre el plato que vayamos a servir el carpaccio, todo el tomate rallado. Reservamos.

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Ahora lavamos muy bien el calabacín y con mucha concentración y un buen cuchillo, lo vamos cortando en lonchas lo más finas que podamos. Una vez lo hayamos loncheado entero,  colocamos las lonchas sobre el tomate rallado. Así en crudo. Reservamos de nuevo.

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Ahora cogeremos el trozo de queso parmesano y con rallador, esta vez más fino, iremos rallando queso parmesano suficiente como para cubrir los calabacines.  Para mí es muy importante que el queso sea recién rallado. Difiere mucho el sabor cuando el queso se compra ya rallado y en paquete. Aunque cuesta un poco más de trabajo merece la pena rallarlo en ese momento.

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Ahora cubrimos con el queso parmesano recién rallado todos los calabacines.

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Y ya por último damos un buen toque con un buen chorro de vinagre de Módena en crema…. y a disfrutar y a meternos en cintura que habrá que caber en el disfraz de carnavales.

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TRUCHAS DE BATATA (tiempo de Navidad)

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Me despierto la mañana de Nochebuena con las caricias de mi hijo el pequeño en la cara. Abro los ojos, le sonrío, me sonríe. Le digo que está de vacaciones y que aproveche y que regrese a la cama que es muy temprano. -Solo quiero saber a qué hora vendrá Papa Noel, mami. Ufff quedan muchas horas y un día de mucho ajetreo, vuelve a la cama para que puedas esperar por él esta noche. No le conforma mi respuesta, así que me sigue hasta la cocina, son las 6:00 de la mañana y el peque está despierto con los ojos muy abiertos. Me acompaña durante el primer café de lo que promete ser un día muy intenso. Mientras a sorbos me tomo el café calentito me someto a la batería de preguntas que sin cesar, salen de su boca: -¿Quién vendrá a cenar?. ¿Si me he portado mal Papa Noel me dejará carbón  o eso son los Reyes?. ¿Puedo despertar ya a mis hermanos?. ¿Tu que le pediste, mami?. ….. Me acompaña durante todo mi periplo matutino antes de irme a trabajar, como la que lleva una colita detrás. Su emoción puede verse en sus ojos. Brillantes y abiertos, parecen estrellas en una noche despejada. Sin ninguna gana me despido y me dice, – Le he pedido a Papa Noel y también a los Reyes que tú y papá no trabajen tanto, así que a lo mejor mañana no tendrás que ir. Yo le explico, apurando mis palabras que es una gran suerte para papi y para mi, tener trabajo. Y me mira incrédulo, me da un beso sonoro, me deja la mejilla pegajosa porque acaba de comerse una trucha en el desayuno y con ese perfume salgo tan contenta a trabajar…. Bajo en el ascensor y me acuerdo de apoyarme en el poyete de la cocina de mi casa mientras mi abuela, el día de la Lotería de Navidad cocinaba las truchas de batata para toda la familia. La tele se oía a toda pastilla, el sonido debía de llegar hasta la casa del vecino. Cuando uno de los niños de San Ildefonso cantaba un premio, ella soltaba lo que quiera que fuese de sus manos y corría. Yo la seguía y la observaba como miraba los décimos que tapaban los porta retratos del cuarto de estar, ese día los décimos eran los protas de la casa. Los comprobaba, los volvía a depositar en aquel lugar importante y volvíamos a la cocina. A seguir haciendo truchas. Y pasaba la mañana junto a ella, escuchando a los niños de San Idelfonso, deseando que mis padres llegaran de trabajar y empezara la ante sala de la cena, de las prisas, de los reencuentros, de las visitas inesperadas a media tarde, de las luces del árbol, de la ropa de estreno para sentarnos guapos a la mesa, del silencio para escuchar el mensaje del Rey en la tele, de mis hermanas nerviosas, del portal de belén con el musgo y el alpiste plantado el día de Santa Lucía, de mis primos, de mis tías, de mi madre arrebatadoramente guapa pero con un delantal para no mancharse hasta llegar el momento de sentarnos en la mesa. De los langostinos, del salmón ahumado, del salpicón, del paté, de la carne, de las papas arrugadas, de los turrones, del refresco sin límites que nos dejaban beber aquella noche, de una campana sonando en alguna habitación, jugando al despiste con todos los niños, mientras Papa Noel colocaba los regalos bajo el árbol encendido con las luces blancas e intensas que tanto le gustan a mi madre…. De sentarme al lado de mi abuela, en pijama y zapatillas ya en Navidad y comernos una trucha. Y mi abuela me decía, hoy se celebra el Nacimiento de Jesús mi niña, todo lo demás lo hacemos porque eso nos pone a todos muy contentos, pero no lo olvides, esa es la Navidad.

INGREDIENTES:

2 kilos de batata amarilla

3 cucharas soperas de anís

100 grs de pasas

La ralladura de media piel de naranja

150 grs de almedras crudas (con o sin piel)

Canela (seremos muuuuuuuuyyyyy generosos)

Azúcar blanca (unos 300 grs)

48 obleas de La Cocinera

Azúcar glass

1 trocito de cáscara de limón.

Aceite de girasol

FELIZ NAVIDAD….

Pelamos la batata y la troceamos ya que la vamos a guisar.

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Cogemos un caldero con buena altura y echamos dentro la batata troceada.  Cubrimos de agua e incorporamos el anís.

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Mientras se va guisando la batata, que serán unos 20 minutos aproximadamente, una vez haya roto el hervor, el punto debe ser como cuando guisamos unas papas, vamos tostando las almendras en una sartén con una gotita de aceite.

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Las tostaremos durante unos cinco minutos a fuego medio. Le iremos dando vuelta con una cuchara de palo. Una vez tostadas las pasaremos por una picadora eléctrica y la dejaremos tamaño tropezón.

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Cuando ya la batata esté guisada, la pondremos a escurrir. Hay que dejar que quede bien seca.

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Una vez seca la vamos escachando, como si quisiéramos hacer papilla con ella.

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A la batata ya hecha papilla, le iremos incorporando, las almendras tostadas y picadas, las pasas, la ralladura de media piel de naranja (sin parte blanca) y mucha canela en polvo.

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Determinar la cantidad de canela es casi imposible, lleva bastante aunque en casa nos gusta mucho, así que lo ideal es ir probando e ir dejándola al gusto de quien las prepare. Mezclamos bien todos los ingredientes junto con la batata, hasta ver y probar que todos los ingredientes hayan quedado perfectamente integrados.

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Y llega el momento de incorporarle el azúcar blanca. Yo a estas que preparé, el día de la Lotería para no perder la costumbre, le eché unos 300 grs pero lo mejor es hacer como con la canela, ir echando poco a poco e ir probando. Mezclamos de nuevo e  integramos todos los componentes.

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Llegados a este punto y antes de empaquetar las truchas, dejamos enfriar la masa a temperatura ambiente para así evitar que el calor pueda romper las obleas con las que daremos forma a este exquisito dulce típico canario y navideño.

Una vez fría, dispondremos sobre una superficie plana las obleas una a una.

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Colocaremos en el centro una cuchara sopera de masa, no mucho más ya que corremos el riesgo de que se rompan al empaquetarlas o al freírlas si echáramos más relleno de la cuenta.

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Con cuidado y paciencia, las doblaremos por la mitad, dándole forma de empanadilla y con ayuda de un tenedor, la daremos el cierre y la forma, apretando con suavidad todo el borde.

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Iremos rellenando las truchas una a una. Una vez las tengamos todas formadas, pondremos en una sartén con buen diámetro y buen fondo, abundante aceite de girasol a calentar y hago un inciso, soy partidaria al 100% del aceite de oliva pero en algunos casos y éste es uno de ellos, es infinitamente mejor el aceite de girasol ya que no nos dará ese toque ácido que no casa para nada con el dulce y cremoso sabor de las truchas de batata. Nada más poner el aceite al fuego, echaremos dentro un trozo de cáscara de limón (truco de la abuela).

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Una vez esté bien caliente el aceite, iremos friendo una a una nuestras truchas. Hay que ir controlando la temperatura del aceite, mantenerla a calor constante pero sin dejar que el aceite se queme en ningún momento ya que puede arruinarnos todo el proceso.

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Las freiremos hasta que consigan ese atractivo color dorado y vayamos comprobando que el hojaldre va haciendo como burbujitas que no estallan. Una vez conseguido, las iremos colocando sobre papel absorbente para retirar el exceso de aceite.

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Las dejaremos enfriar y una vez ya estén a temperatura ambiente repartiremos sobre las mismas azúcar glass. Si lo hacemos con un tamizador se quedarán más bonitas.

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Y ya solo queda disfrutar de este apetitoso y sabroso dulce a cualquier hora de cualquier día…..

BOCATA (especial acontecimientos navideños)

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Este año llevo fatal lo de las actuaciones infantiles navideñas. Claro que con tres hijos en edades diferentes tendría que haberme preparado psicológicamente. Además, a nadie oculto mi fascinación por la navidad. Cursi como yo sola. Desde las luces que alumbran la cuidad y que su admiración es además excursión obligada con los peques cuando les dan las vaciones. Una noche cualquiera me los llevo a una pizzería y después paseíto en coche por toda la ciudad. Llevamos años haciéndolo y ya hasta emitimos votaciones, que si este Centro Comercial lo hizo mejor, que si el otro el año anterior tenía más luces, que si el Alcalde este año se acordó más de los barrios y no se quedó solo en las zonas comerciales, que si se nota la crisis en alguna que otra superficie. Nos adjudicamos por el artículo 33 (que diría mi amiga Luzma) el  ser los inspectores de la decoración navideña de la ciudad de Las Palmas. Y lo pasamos bomba, la verdad. Esto se hace extensivo a los belenes y me coloco a la altura de mis hijos y la parte más divertida es la de encontrar al caganem (en caso de que lo pongan….).  Preparamos la cena del 24 (más adelante se los contaré) por sufragio universal, que no mamá, que le digas a la abuela que este año no traiga consomé, que sí mamá que haznos papas arrugadas aunque no sean vistosas, que mamá por favor, pon más turrón de chocolate en la bandeja que de Jijona, que le digas a papá que corte más jamón que abuelo se lo come todo, que no hagas cochinillo que nos da pena…. Y así con todo y con el mismo entusiasmo, pero lo de las actuaciones navideñas de los peques este año me ha dejado KO.

Tres días distintos subiendo al cole, uno por cada uno de mis hijos. La verdad que para empezar en términos de rentabilidad me habría salido mejor acampar en la puerta. Que si no te da tiempo a almorzar, ninguno de los tres días, porque entonces no coges butaca y ves a tus hijos desde allá arriba, dentro de mi altura de escasos 1,60 y con padres y madres la mar de altos y criados. Así lo que una más alcanza a ver es a la que está a punto con su tinte para Navidad o a la que le queda pasar por la pelu. O al pobrecito que se le ven más clareas que pelo y es que parece que la factura del tiempo uno la paga poniéndole mucha cabeza…. Una vez me he hecho fuerte en mi butaca, coloco como puedo, las talegas de lo que será posteriormente la merienda de cada uno, las chaquetas, por que al salir de aquel sofoco te pilla un aire fresco que días después pudiera ser una neumonía, me coloco las gafas, limpio los cristales para no perderme nada porque el estrés que sufro hasta llego,  me ha hecho sudar la gota gorda. Cuando estoy allí pertrechada y ansiosa porque comience la función, pasa una abuelita y me da pena verla dando vueltas sin encontrar asiento y nadie le hace caso y de repente todos a su alrededor miran para el techo en busca de ¿goteras???. Allí voy yo que me levanto, levanto conmigo mi campamento, le cedo el sitio y para la última fila, con poste de contención delante y sin más vista del escenario que las dos esquinas. Aún así, vuelvo a depositar las 40 cosas que cargo y que me garantizan un lumbago tremendo para el fin de semana.

Y empieza la función, de cualquiera de ellos, de cualquiera de los tres que les haya tocado ese día. Y se escenifica un portal viviente, adaptado con niñas que hacen de muñecas, con niños que hacen de pastores, de indios, de lo que sea, porque según ellos mismos nos explican, todos los seres humanos tenemos cabida al lado de Jesús Niño Dios. Y me parece correcto y precioso el mensaje. Y un villancico y otro en inglés y mi hijo que no aparece. Y ahora toca el turno a unas hadas preciosas, con unos destacados dotes interpretativos importantes, con diálogos largos que yo no sería capaz de recordar. Admirable la verdad y emotivo. Y vuelven más villancicos y de mi hijo, ni rastro. Hubo de todo en aquel portal.

Las manos se me dormían de esperar, cámara en ristre, por la aparición “estelar” (para mí) de mi querido retoño. Y allí que llegó él, a la última actuación, el último villancico de la tarde, a cantar una frase…. A mi me bastó con eso para echar las lágrimas fragilonas y fáciles que siempre están dispuestas a salir de mis ojos…. Pero menuda tarde. Memorable.

Y así también con el segundo, que fue rockero en el portal con una versión de lo más marchosa del tradicional villancico Pero mira como beben rodillas al suelo, camiseta negra, cresta y a darlo todo en el escenario. Con mi amor de madre me parecía estar viendo al mismísimo Bruce sobre aquellas tablas. Y aún así, en aquel ambiente tan rockero me bebía las lágrimas, no tengo remedio.

Dos días más tarde, el turno de la mayor y nueva excursión  que este año le dio por apuntarse a la friolera de cuatro bailes. Hasta de faralaes sin saber todavía bailar una Isa canaria…. y claro, cada baile tenía su vestuario y su atrezzo. Y a la calle cada tarde porque cada día de la pasada semana me llegaba con recados del tipo: medias negras, falda de volantes hasta el suelo, malla roja, malla negra, falta de tul amarilla o dorada, cartulinas doradas, guirnalda dorada, zapatos de tacón, flor para el pelo, short negro más corto que el que ya tengo….. Al llegar el día D en la hora H, se obró el milagro, porque claro, toda petición venía acompañada de la constante amenaza…. -Si no lo llevo mañana, me echan del baile. Y creanme, no podría haber mayor afrenta para una niña de 11 años.  Y allí que estuvimos todos, la abuela, la prima y hasta los hermanos colaborando como enlace sindical para que la niña no sufriera el ERE navideño. Eso y las mamis como Merche y como Luzma que obran auténticos milagros y en plena tarde de tormenta salieron a la calle a por la ropa de sus hijas y me compraron también la de la mía…. No tengo palabras suficientes con las que agradecérselo.

Y lloré, ni no me alcanzó con los cuatro paquetes de Kleenex que llevaba en el bolso. Y al llegar a casa con el lumbago, el rímel en la barbilla, el cansancio, el frío, sin un euro en el monedero de las rifas varias y los chocolates calientes en la cantina y con tres vocecitas cantando al unísono:- Mamaaaaaa que hay de cenar?????? y yo sin piedad contesté: UN BOCADILLO…. Eso sí con toquito gourmet que ya huele a Navidad.

INGREDIENTES:

Pan, a ser posible de leña que está tierno y con miga súper esponjosa.

Salmón ahumado

Queso tierno (el mejor, el de Lomo Gallego en San Mateo) si no lo tuvieran, cualquier queso fresco.

Pepinillos en vinagre

Eneldo

Mayonesa

A MONTAR EL BOCATA Y A DESCANSAR DEL AJETREO….

Abrimos el pan por el medio y untamos ambas tapas con mayonesa. Que quede jugosito y cremoso que las  mamis y los papis nos lo merecemos.

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Cortamos el queso en lascas no muy gruesas, para que al llevar el bocata a la boca, nos quepa de un mordisco.

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Espolvoreamos el eneldo por encima del queso al gusto del que se vaya a comer el bocata, la mezcla archiconocida con el salmón es triunfal y de matrimonio estupendamente avenido, si le añadimos el queso fresco es un trío sorprendente….

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Cortamos ahora los pepinillos a lo largo y los colocamos sobre el queso con el eneldo.

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Separamos las lonchas de salmón y las repartimos generosamente sobre los pepinillos y digo generosamente porque es el ingrediente estrella del bocata y hay que notarlo!!!

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Cerramos el bocata con la otra parte del pan y a disfrutar y a descansar con una buena peli en la TV y los niños a la cama….

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CALAMARES EN SALSA (receta de abuela Yeya)

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Receta de las de siempre, de las que pruebas y te recuerdas llegando a casa y aquel olor traspasando las paredes y desde el ascensor ya sabías lo que estaba cocinando abuela. Receta que prometí hace más de un año darle a Bibiana cuando la probamos en una tasquita de Ferrol y le conté que los de mi abuela eran insuperables, muy parecidos a aquellos que nos estábamos comiendo, pero le faltaba la mano de mi Yeya. Aquí tienes la receta Bibi, queda saldada una deuda y te regalo lo que para mí, es un tesoro. Receta para compartir con amigos, en su casa, donde su generosidad nos abre las puertas cada primero de diciembre y juntos adornamos su árbol. Cada uno lleva algo y entre todos compartimos. Desde los entrantes con el insuperable guacamole de Juan, hasta los postres que siempre son demasiados y a los que llegamos más inflados que el mítico muñeco Michelín. Pasando entre medio por un plato de calamares en salsa con un buen arroz blanco. Todo es exquisito, la sonrisa de Patri al abrirnos las puertas de su casa, las alegrías del pequeño Félix cuando ve su casa llenarse de gente y de más niños como él y que vienen a jugar con él, a compartir un momento mágico, sus amigos vienen a ayudarle a hacer el árbol de Navidad en su casa. Deliciosa la amabilidad y el empuje con la que Félix papá nos va llenando y rellando las copas, primero de cerveza, después de buen vino, después de lo que tercie y corriendo riesgo extremo la estrellita del árbol. En ese punto todos lo vemos torcido, pero creo que los que no vamos derecho somos nosotros. El festín de sabores estalla en la sobre mesa, con las ocurrencias de Juan y Jose, a cual más divertido o más disparatado pero todo sienta bien. Y seguimos haciendo el árbol y los niños corren por la casa ante la paciencia ilimitada de Patri y sus amigos seguimos haciendo el árbol o lo seguimos torciendo. Y llegan los postres siempre apetitosos, con la compañía de Isa y de Bente a los que no veo y disfruto tanto como quisiera pero en cada reencuentro comprobamos que el mundo se detuvo, allí justamente el el último sitio que nos vimos y aunque la vida nos haya dado palos o alegrías, seguimos como aquel entonces, felices de encontrarnos y capaces de volver a detener el tiempo en el justo momento donde sabemos sacarle partido. Y siguen corriendo los niños por la casa. Y vamos terminando el árbol y se va haciendo de noche y llegamos a despedirnos con la promesa de vernos más a menudo y aunque después no sea así, tenemos la certeza en los bolsillos de que dentro de un año, Patri nos dejará decorarle su árbol y nosotros sabremos recuperar el tiempo que no nos tuvimos a carcajadas. Y es que lo más exquisito de esta vida no lo preparan ni siquiera,  las mejores abuelas….

INGREDIENTES (Para unas ocho personas)

2 Kg de calamares ya limpios.

1 Cebolla y media

2 Pimientos Verdes no muy grandes

4 dientes de Ajo

1 cuchara tamaño postre de Pimentón (mejor de la Vera)

2 ó 3 hojitas de Laurel

2 cucharas soperas de Azúcar blanca

Agua

Leche

Aceite de Oliva

2 cucharas soperas de salsa de tomate, si es casera estupendo, si no pues dos de tomate frito, procurando que sea en Aceite de Oliva.

Un chorrito de vino blanco

UN SABOR  DE LOS QUE PERDURAN EN NUESTRA MEMORIA GUSTATIVA…ya lo verán

Antes que nada, pondremos los calamares en remojo con leche. Que la leche los cubra. Este es un paso obligado si queremos que los calamares queden bien tiernos… (truco de mi Yeya).

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Mientras se van reblandeciendo, seguiremos con nuestros pasitos para llegar al cielo y tocarlo con la punta de los dedos mientras nos comemos estos calamares.

Ayudándonos de una picadora eléctrica, picaremos por este orden:

Lo ajos

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La cebolla.

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Una vez picados ambos, en un caldero chato y con buen diámetro que cubriremos el fondo de aceite de oliva y que la calentaremos, para posteriormente añadirle los ajos y la cebolla picadita. Sofreímos a fuego medio hasta que se vayan quedando bobitas sin que tomen color.

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Mientras se va haciendo, picamos, también en picadora, los pimientos verdes…

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Cuando consigamos que la cebolla y el ajo estén en el punto deseado, añadimos el pimiento y seguimos sofriendo a fuego medio para que nada se queme ni se pegue.

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Una vez hayamos añadido el pimiento picadito a la fritura, aprovecharemos para ir escurriendo los calamares de la leche en la que los teníamos en remojo.

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Una vez tengamos la fritura lista, con todos los ingredientes reblandecidos y con ese olor tan característico que desprende y que invade la cocina, incorporamos al caldero las dos cucharas soperas de salsa de tomate o tomate frito, según tengamos en casa.

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Removemos bien y seguimos manteniendo a fuego medio. Ahora es el momento de incorporar al caldero las dos cucharas soperas de azúcar blanca.

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Volvemos a remover y seguimos manteniendo a fuego medio y es justo ahora cuando incorporamos al caldero los calamares que teníamos escurriendo de la leche.

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Removemos y mezclamos bien, con paciencia y con cariño. Una vez lo tengamos bien mezcladito, cubriremos con agua los calamares, justo que quede al borde de donde llegue la altura de los calamares, añadimos también la cuchara tamaño postre de pimentón.

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Y damos vuelta y mezcalmos, con lentitud , con ternura. Es una receta mimosa… Añadimos seguidamente las hojitas de laurel.

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Le añadimos también un chorrito de vino blanco, mezclamos y a fuego medio con el caldero semi tapado los dejamos que se vayan haciendo durante una horita apróximadamente. Recuerden darle vuelta de vez en cuando, vigilarlos que diría mi abuela, montando garita en la cocina, armados con cuchara de palo en mano y con la paciencia que se tiene cuando uno sabe que lo que le espera, va a a estar delicioso, como la compañía de unos buenos y grandes amigos.

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Y se sigue llenando de olor la cocina tanto o más embriagador que cualquier perfume.

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 Y cada vez que destapo el caldero para darle unas vueltas doy gracias a la vida por la suerte de tener a mi abuela.

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Y apagamos el fuego y rectificamos de sal al gusto y dejamos que se enfríen un poco para poder pasarlos al tupper y llevarlos a casa de Patri y Félix, eso sí, los calamares fueron los que menos disfrutaron de la velada….

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Esto quedó de ellos, cinco minutos después de llevarlos a la mesa.

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Y así los platos de cada uno. Les cuento y les advierto y no es una exageración, que Félix se tuvo que levantar a mitad de la comida e ir a por más pan. Esa salsa tampoco podía sobrar….

ROLLO DE CARNE

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Hace un mes me subí a una montaña rusa. Llena de curvas, de repentinas bajadas, de sospechosas subidas y de oscuras trampas. Fue un trayecto largo, demasiado largo y estresante. En ningún caso pude pensar con claridad cual era la finalidad de aquellos vaivenes y baches. En ningún caso fue divertido. Solo acierto a decir que estuve asustada y aún hoy tiemblo cuando lo recuerdo. Tengo una amiga que me dice, no me subo a las montañas rusas no porque les tenga miedo, es que no me gustan. A mí tampoco pero en mi caso no me quedó más remedio que ser valiente a pesar de estar sintiendo un miedo que me devoraba. Que me hacía palpitar tan fuerte que el corazón no me explotó porque debe ser cierto que los milagros existen. Solo se que ya bajé del vagón y que la experiencia, ya con los pies en el suelo, me sirvió para darme cuenta de que hace once años di a luz a la niña más fuerte, paciente y valiente que conoceré nunca. Que alguien, sin conocerte de nada, puede ser la persona que más te ayude a llevar un trance. Que comienzo a entender por qué  las batas de los médicos son blancas, a los que trataron a mi hija y se preocuparon y se ocuparon de ella, solo les faltaban las alas porque fueron ángeles, con ella y conmigo. Sandra llena de generosidad y profesionalidad sin perder un segundo la sonrisa y la calma. Agustín con más paciencia que cualquier santo. Alexia y Olga, porque no dudaron en ayudar y en calmar, pendientes en todo momento. Sonia, porque jamás esperé encontrarme la mayor muestra de ternura en la puerta de un quirófano. Ya pasó todo y aún sigo mareada. Y a pesar de saber que todo está bien aún me recorre el cuerpo un escalofrío, me estremezco al recordar a mis hermanas acompañándome, a mi tía Ana, a Mapino, a mi abuela,  a mi madre que sé que estaban subidas en el vagón de detrás. A mi chico, que al cruzarnos las miradas me agarraba fuerte de la mano y me decía: -No va a pasar nada. Y me hacía sentir a salvo. A mis amigas que de repente un día aparecieron y me ayudaron a hacer este rollo de carne y su compañía me devolvió el apetito…..

Al final, la vida te llevará a donde tenga que llevarte pero lo más importante siempre será quien te esté acompañando.

INGREDIENTES:

1Kg de ternera molida

1 Huevo

1 diente de Ajo (le retiramos el centro)

2 rebanadas de Pan de Molde

Un poco de Leche

150 grs de Bacon

50 grs de queso Parmesano

1 Cebolla

2 vasos tamaño de los de beber agua, de caldo

2 vasos de agua

Aceite de Oliva

Salsa Perrins

Pan rallado

Say y pimienta negra molida

SABROSO Y TIERNO, como los auténticos amigos

Colocamos la carne molida en un recipiente ancho y cómodo para mezclar y trabajar bien la carne.

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A la vez, pondremos en otro recipiente las rebanadas de pan de molde y las mojaremos en leche.

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En una picadora o mezcladora eléctrica, echaremos el bacon, el trocito de queso parmesano y el diente de ajo, al que previamente le habremos retirado el centro. Mezclamos o picamos bien y reservamos. El resultado será una especia de pasta rosácea.

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Ahora echamos el huevo sobre la carne molida y salpimentamos.

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Vertemos ahora también sobre la carne, las rebanadas de pan ya casi deshechas y escurriéndolas como podamos con las manos del exceso de leche. Añadimos también la pasta que hemos mezclado con el bacon, el queso y el diente de ajo.

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Nos colocamos unos guantes desechables y con la manitas, vamos mezclando e integrando todo los ingredientes hasta que todo vaya quedando bien compacto. Cogeremos ahora una papel vegetal de cocina y lo humedeceremos con algunas gotas de agua sobre el mismo de manera dispersa.

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Aún con la manos y los guantes puestos, cogeremos la mezcla y le daremos forma de rollo la cual colocaremos sobre el papel vegetal humedecido.

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Empaquetaremos el rollo en el papel, como si fuera un paquete de un caramelo. Apretando bien. Una vez hecho esto, lo meteremos en la nevera y lo dejaremos reposar así, durante una hora.

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Pasado ese tiempo, sacaremos nuestro rollo de la nevera, con cuidado le retiraremos el papel en el que lo habíamos envuelto y en un plato echaremos pan rallado.

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Con cuidado y con cariño, pasaremos el rollo de carne sobre el pan rallado y mientras tanto en un caldero con fondo y con buen diámetro, pondremos como un dedo de altura de aceite de oliva y la pondremos a calentar in que se queme y sin que tome demasiada temperatura.

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Cuando ya tengamos al aceite calentito, pasaremos el rollo por y lo sellaremos, dándole vueltas para que el sellado sea perfecto. No se trata de freírlo ni de que e haga en ese momento, tan solo lo sellaremos para que durante la cocción posterior, no pierda sus jugos.

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Cuando ya lo tengamos sellado, bajaremos el fuego y lo mantendremos a temperatura media. Es entonces cuando comenzaremos a echar en el caldero una cebolla entera, cortada en juliana.

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Justo después, un buen chorrito de salsa Perrins y por último los dos vasos, tamaño agua, de caldo. Si no tuviéramos caldo echaremos la misma cantidad  pero de agua y le añadiríamos una pastilla de caldo vegetal.

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Ahora taparemos el caldero y calcularemos 15 minutos a fuego 6 (temperatura media). Pasados los 15 minutos, daremos la vuelta al rollo y volveremos a calcular otros 15 minutos. IMG_0566

Y cuando se terminen estos tiempos por cada lado, ya tendremos listo nuestro rollo. De sabor intenso, pero suave, muy suave al paladar. Yo lo acompañe con las amigas más lindas y con un pisto de verduras sobre puré de papas que será receta futura para este blog. Cortamos el rollo en rodajas para presentar en la mesa y la salsa la podemos dejar entera o pasar por la Minipimer, de cualquier manera está exquisita.

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PASTA BOLOÑESA CURIOSA (invertida)

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Qué pasaría si de pronto algo viniera y te volviera tu vida del revés. Si cada mañana al despertar un martillo te diera contra la cabeza y no te dejara poner los pies en el suelo. Si cuando vieras las caras de tus hijos en el desayuno quisieras abrazarles fuerte, fuerte y prometerles que nada malo va a suceder, aún sabiendo que antes que ser hijos tuyos, lo son de su propio destino. Que pasaría si te diera por imaginar que en alguna parte del mundo hay un mesa y alrededor sentados unos señores siniestros que conspiran en tu contra. Que pasaría si en tu despiste chocas con el coche de delante y es un taxista malhumorado por las pocas bajadas de bandera, por la crisis, por las doscientas obras que se están acometiendo en la ciudad de manera simultánea. Qué pasaría si al salir de tu trabajo precario y escasamente remunerado te dirigieras al super y la cajera no se compareciera de ti y del ritmo frenético de la cinta, imposible llevar las cosas a las bolsas y vaciar el carrito desde el otro extremo. Y allí vuelven a estar los conspiradores siniestros, formando una fila de 20 personas detrás de ti, esperando por ti y porque le des ritmo de samba a tu compra y hagas todo a una, mientras la cajera te pide un dineral por las cuatro cosas que compras…..

Qué pasaría si de repente un día te llenaras de valor y le dijeras a tu marido que sabes que anda tonteando con otra y que se acabó.

Pasados los días pasaría y pasó que no estaba el martillo dándole golpes, solo salían unas lagrimillas que rápidamente había que secarse para que los niños no adivinaran su tristeza. Les daría los mismos abrazos, igualito de fuertes y con la certeza de saber que acabarían aceptando la ausencia diaria de papá, el mismo que no pensó en traicionar no sólo a ella, si no a toda la familia por pasar no sé sabe cuántos ratos, si mucho o pocos, eso ya daba igual,  al calor de otros abrazos. Pasaría y pasó que el trabajo se convirtió en una vía de escape y ya importaba un congo el número de días de asuntos propios. Pasaría y pasó que en el super el ritmo sigue siendo el mismo, pero ya no conspiran, ahora mira directamente a los ojos a la cajera y le dice:- Espere a que empaquete mi compra por la que ahora le pagaré un dinero que sustentará un porcentaje de su nómina. Y después, pasados los días nos llamaría a todas sus amigas y nos diría algo así…..

Un día leí un whatssapp  de fulanita de tal  a mi marido que ponía(……)

Hoy soy la mujer más triste del planeta, pero la más firme, la más segura y la más fuerte. No sé si le perdonaré algún día, solo sé que pensé que es lo que pasaría y dejé de sufrir por lo que no sabía y me imaginaba. Hoy sufro por recordar lo que fuimos, tuvimos e hicimos juntos, pero he recuperado mi vida y me recuperé yo de mi misma.

Por y para ella, por y para su dolor que cada día que pasa, me dice que se va haciendo más pequeño, preparo esta pasta boloñesa (invertida) porque a veces, cambiando el orden de las cosas, volvemos a encontrarnos en el camino.

 

INGREDIENTES (tienen trampa)

Este verano tuve la enorme suerte de disfrutar de un crucero y hacer algunas escalas en Italia. Concretamente en Venecia, compré esta pasta  “Pipettoni”   y es estupenda para rellenarla. No solo está buenísima si no que además llena de asombro y color la mesa en la que la sirves. Aquí en Gran Canaria la pueden encontrar en tiendas gourmet.

200 grs de pasta Pippetoni

200 grs de ternera molida

1 Cebolla

1 bote de 150 mml de salsa de tomate (mejor si es casera) si no hay que intentar que esté hecha con aceite de oliva

Aceite de oliva

Orégano

Sal

Pimienta negra molida

100 grs de queso parmesano

VAMOS A DARLE LA VUELTA

Cocemos la pasta según las indicaciones del paquete para dejarla al dente.

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Mientras se cuece la pasta, vamos cortando muy menuda la cebolla y la sofreímos en aceite de oliva hasta dejarla transparente y sin que se queme ni tome mucho color. IMG_0455

 

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Una vez tengamos el punto de la cebolla, incorporamos toda la carne molida a la sartén junto con la cebolla.

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Tan pronto como hayamos incorporado la carne, damos una par de vueltas (a fuego medio) incorporaremos la mitad de la salsa de tomate a la sartén y mezclaremos bien. Manteniendo el fuego a media temperatura, daremos vueltitas a todo de vez en cuando hasta que la carne se vaya haciendo suavemente. Salpimientamos e incorporamos orégano al gusto. (Le da un toque muy rico y sabroso).

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Ya estará cocida la pasta y la pondremos a escurrir. Dejaremos que se enfríe un poco para poder manipularla. Una vez podamos tocarla sin quemarnos y ya tengamos lista la salsa boloñesa, iremos cogiendo nuestros pipettones uno a uno con cuidado y con la ayuda de una cuchara de postre iremos rellenándolos y colocándolos en la fuente donde posteriormente los vayamos a servir.

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Inevitablemente alguno o algunos se pondrán romper pero aún así dejan un hueco estupendo para rellenarlos. Una vez los tengamos todos rellenos, los bañaremos con la salsa de tomate sobrante por encima. IMG_0472

 

Rallamos el queso parmesano y cubrimos la superficie de la fuente. IMG_0473

 

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Y ya por último le daremos un golpe de calor de 2 minutos (no más para que la pasta no se nos reseque) al gratén, bien en el horno ya caliente o bien en el microondas. Y listos para disfrutar, desde otra perspectiva una pasta boloñesa.

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BERENJENAS A LA NAPOLITANA

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Siempre se sentaba en la misma silla de mimbre. Le gustaba balancear sus piernas en el aire, no llegaba al suelo. Era divertido observar a las más viejas de la casa mientras cocinaban. Escuchar sus discusiones sobre quien de ellas hacía mejor esto o aquello. Al fondo la puerta,  se abría y se cerraba una y otra vez, al antojo del viento. Empezaban a llegar los olores y las tripas  le respondían girando sin cesar en su pequeña barriguita. Así pasaba las horas de los veranos eternos de su niñez. Entre pucheros , platos hondos y cucharas. Ayudaba a poner la mesa, colocaba los pesados platos de cerámica sobre la mesa de listones de madera, sin mantel. Servilletas de hilo,  blancas del sol que las secaba cada mañana, los cubiertos gruesos y mates de los años de uso y vasos de cristal que ya no brillaban pero que se llenaban de agua fresca y pura de la pila.  Entre gritos llamaban al resto a sentarse, alrededor de aquella mesa donde uno tras otro se llenaban los platos directamente de los calderos que las mayores, orgullosas transportaban desde la cocina hasta el viejo porche, con el suelo de pizarra y el techo de parras. Las moscas comían con el resto de la familia y no había almuerzo en que  los zarpazos al espantarlas no asustaran al resto menos a las moscas que volvían insistentes a posarse sobre el pan, sobre la perola de papas sancochadas, sobre la bandeja del rascacio frito, sobre las migas que iban quedando, sobre el mojo verde, sobre el escaldón de gofio,  sobre la manilla de plátanos maduros y sus pintitas negras, dulces y pegajosas….. Hoy tumbada en el sillón de su terapeuta recuerda con absoluta nitidez aquellos veranos, aquellos almuerzos, la compañía, las hojas de parra, la escoba barriendo el suelo, las moscas impertinentes, las olas de calor y el agua de la pila y le vuelve a responder a su gurú que aquellos veranos fueron y siguen siendo lo mejor de su vida. Se sienta en el sofá lo más atrás que le permiten sus posaderas e intenta balancear los pies en el aire. Cierra los ojos, las puede ver, a su Tata, a sus tías abuelas, a las vecinas, entre los fogones. Siente incluso el calor y el sudor que encendían sus mejillas y de vez el cuando le llega el frescor que batea la puerta. Tenía que haber hecho chiquititos aquellos veranos para llevarlos siempre en mis bolsillos. Lo único que me queda es la receta de las berenjenas de una pariente lejana que se había casado con un italiano y que nunca dábamos por finalizadas las vacaciones hasta que ella nos cocinaba las berenjenas a la napolitana. Cada vez que las preparo, su sabor me regala la certeza de que alguna vez en mi vida, fui inmensamente feliz.

Y yo feliz también porque su generosidad me regaló esta receta.

INGREDIENTES: (para dos)

1 Berenjena

3 Tomates maduros

1 Pimiento rojo no muy grande

1 Cebolla

1 manojo de hojas de albahaca fresca

1 cuchara tamaño postre de orégano

 1 diente de ajo

Aceite de oliva

Pimienta negra

Sal gorda

COMO BIEN DICEN, LA FELICIDAD NO ES LA META, ES LA ACTITUD, así que a preparar esta receta y a contagiarnos de optimismo

Antes que nada, lavaremos la berenjena y la cortaremos en rodajas de 1 cm de grosor, con piel incluída.

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Dejaremos ahora las rodajas de berenjenas sumergidas en agua para que pierdan el amargor y añadiremos un puñado de sal gorda. Reservamos.

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Ahora vamos pelando la cebolla y la picamos lo más pequeñita que podamos o mejor ayudarnos de una picadora eléctrica.

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En un caldero chato, pondremos el fondo de aceite de oliva y pocharemos la cebolla hasta dejarla transparente (no dejar que se queme)

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Picaremos ahora igualmente el pimiento rojo.

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Lo añadiremos al caldero junto con la cebolla y seguiremo pochando ambos.

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Utilizando también la picadora, pondremos dentro de la misma, las hojas de albahaca , la cucharada de orégano y el diente de ajo.

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Lo picaremos todo y lo mezclaremos con la cebolla y el pimiento. Removemos y mantenemos al fuego a temperatura media.

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Vamos poniendo ahora a escurrir nuestras rodajas de berenjenas y mientras se secan ligeramente, pasamos nuestros tomates maduros por el rallador.

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Una vez tengamos los tomates rallados, incorporaremos primero la rodajas de berenjenas sobre el caldero, intentado que no se queden muy sobre puestas, las repartiremos lo mejor posible.

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Ahora sobre las berenjenas, verteremos el tomate rallado. Taparemos el caldero y seguiremos manteniéndolo a fuego medio. Removeremos con cuidado de vez en cuando.  Así hasta 10 minutos después y ya estarán listas. Es muy importante tapar el caldero. Las berenjenas se guisarán y el olor que inundará nuestra cocina nos arrancará una gran sonrisa….. Delicioso.

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PUDING DE ESPÁRRAGOS BLANCOS

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Se levanta con prisas cada mañana. Cree que jamás ha hecho caso a la primera al incómodo pitido del despertador, siempre enemigo. Cada noche le marca las horas que no logra dormir y cada mañana la despierta de ese plácido sueño que no logra conciliar hasta antes de bien entrada la madrugada. Pero ella en el fondo lo sabe, sabe que eso,  solo es un maldito aparato que funciona porque ella le carga las pilas. No se calza zapatillas y el frío del suelo le recorre desde los tobillos a la corollina. Eso la ayuda a ponerse en pié de un salto. Siempre el primer idéntico pensamiento cada mañana….. No me parezco en nada a las que se levantan en el desayuno Special-K. Más frío, ahora directo a la cara mientras la empapa de agua. Se refugia en la toalla que se seca. Se mira y se  murmura al espejo todas esas inseguridades que la acomplejan y sigue a la cocina. Cafetera en marcha y a correr. Desde que da el primer sorbo una especie de descarga eléctrica recorre todo su cuerpo y escucha el mismo disparo que los atletas en la línea de salida. Prepara desayunos, prepara talegas de meriendas, despierta a la tropa, les bloquea la salida al pasillo para obligarles a enjuagarse sus angelicales caritas en el baño, les motiva con mensajes positivos solo con el fin de que se apuren y se vistan y se calcen. Les vuelve a apurar para que se acaben la leche con los cereales. Entre medio, ella se da algo parecido a una ducha, chorreando y ya algo perdido el tono animoso, empiezan las amenazas del tipo,:-El que no se haya acabado la leche cuando llegue a la cocina se queda sin consola todo el fin de semana. A medio vestir, entre un pantalón de deporte que bien podría ser de pijama (alguna vez) un ojo con rímel y otro todavía con alguna legaña, porteando las mochilas, las talegas, las bolsas de actividades complementarias, salen, siempre corriendo y apurando los minutos a la parada de la guagua y vuelve a pensar…. En nada me parezco a la mami de Actimel que sale tan vital y tan puntual a dejar a sus hijos cada mañana. Regresa a casa después de despedir desde la acera con las manos en alto agitándolas hasta que la guagua se pierde en la carretera. Como quien ve alejarse un trasatlántico. Y vuelve a poner en marcha los motores, para llegar a tiempo al trabajo, ese mismo trabajo que le permite pagar canguros todas esas tantas veces que el colegio requiera su presencia para reuniones, fiestas y celebraciones, catequesis, pediatras, dentistas y algún que otro imprevisto en algún que otro especialista. Y vuelve a pensar, debo de ser rara porque ni mis hijos ni yo, sonreímos en el dentista. Trabaja mientras piensa en la cena de sus hijos esa noche, mientras se acuerda que de camino a casa tendrá que pasar por el super, por la farmacia que no queda Dalsy, por la frutería, por la librería. Llega a casa, el sillón le grita que se tire y se regale un ratito, pero se dice que ella en nada se parece a esas chicas de la tele que desde un mullido y limpio sofá cosquillean la tripa de su bebé. Sigue y antes de comer deja prevista la cena de todos. Y vuelva a coger las llaves del coche y vuelve a salir a la calle. De nuevo se ha vuelto a olvidar de almorzar. Corre que se las pela de camino al cole, recibe contenta a sus hijos, los abraza, los besa y les pregunta por su día. Escucha cada batalla, cada secuencia en la vida de sus hijos, con especial atención a lo que cuenta el pequeño. Su tesoro más pequeño. Los reparte por sus actividades, los espera, los vitorea cuando marcan gol, cuando ganan la carrera, cuando encestan. Se hace oscuro el día y de regreso a casa, ya pensando en mañana. En que sus uniformes estén a punto, en que sus tareas estén terminadas. Repasa los huesos del cuerpo, sin calculadora para dar ejemplo, revisará las operaciones matemáticas, firmará y responderá las circulares y avisos varios que el día haya traído a su orilla. Pondrá la mesa y en ese momento se dará cuenta que aún no ha tenido tiempo de descalzarse los zapatos y que le aprietan. Recogerá la mesa, vigilará la limpieza de dientes, repartirá cariño y ternura en cada camita….. Serán las nueve de la noche y sus tripas le recordarán que no ha probado bocado. Escuchará una llaves girar la cerradura, entraré él y con un beso más al aire que a sus labios, le preguntará: -¿Qué tal tu día?……

Y ella se volverá a acordar que ha vivido un día más, pensando en todo  y en todos los demás, excepto en si misma.

Aquí queda esta receta, fácil y exquisita al igual que las vidas que nuestras madres  nos permiten vivir y dejan las de ellas,  por nosotros cada día y cada una a su manera.

INGREDIENTES:

1 lata de yemas de espárragos (solo de yemas)

1/2 vaso, tamaño de beber agua, de leche evaporada

1/2 cebolla

1 trozo de mantequilla

Sal y pimienta negra

3 huevos

MANOS A LA OBRA:

Antes que nada ponemos a escurrir las yemas de espárragos y encendemos el horno a 180º calor arriba y abajo para tenerlo listo para después. Ahora, ayudándonos de una picadora eléctrica, picaremos la 1/2 cebolla en tamaño muy menudo.

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En una sartén, pondremos a derretir el trozo de mantequilla, a fuego medio, no dejar que tome color y mucho menos que se queme.

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Cuando ya esté lista la mantequilla, añadimos la 1/2 cebolla picada y la salteamos. Seguimos a fuego medio.

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Mientras se va haciendo la cebolla, vamos batiendo enérgicamente los tres huevos.

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Después de batidos los huevos, añadimos a estos, el medio vaso de leche evaporada y volvemos a batir.

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Reservamos y ahora vamos a por las yemas de espárragos. Las pondremos sobre una tabla de corte y les hacemos cortes así un poco a lo loco, lo que pretendemos es que desmenuzen algo sin que pierdan mucho cuerpo.  Reservamos.

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Volvemos  la sartén donde estábamos pochando las cebollas y cuando ya estén bobitas y transparentes, añadimos las yemas de espárragos desmenuzadas. Salteamos unos minutos má dando vueltas para que se mezcle bien con la cebolla.

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Pasados unos cinco minutos, retiramos del fuego y pasamos la mezcla al cuenco donde teníamos batidos los huevos con la leche evaporada. Mezclamos bien y damos buenas vueltas para que todo quede bien repartidito. Salpimentamos al gusto.

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Reservamos. Ahora cogemos un molde apto para horno (yo utilizo alargado) y lo cubrimos con papel vegetal para horno.

IMG_8675Echamos la mezcla dentro del molde ya forrado y cogemos ahora una bandeja apta para horno, más grande y con cierta profundidad, de manera que se cocine el puding al baño María.

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IMG_8679Lo introducimos así mismo en el horno. Mantenemos temperatura y función (180º calor arriba y abajo) durante unos 25 ó 30 minutos. Dependerá de cada horno, así que lo mejor será comprobarlo. Para ello introduciremos un cuchillo y cuando ésta salga limpio, nuestro puding también lo estará.

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Se puede comer caliente o frío acompañándolo en este caso de mayonesa…. De las dos maneras es exquisito.

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PAPAS (con aroma de romero)

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Todos en el barrio la llamaban Tomasa “la loca”. No era ni mucho menos respetada, era temida, muy temida.  Tomasa rara vez salía de su pequeña y vieja casa, pero cuando lo hacía soportaba las burlas de los chiquillos del barrio que corrían tras ella y la llamaban loca. A los niños no les respondía. Ella jorobada por los años, con cuatro pelos blancos que le quedaban en su cabeza, seguía a paso ligero derechita a la tienda de la esquina. Compraba papas, un cartón de leche y cuatro panes y de regreso a su escondite. De vez en cuando le daban “los ataques” como decían en el barrio. Abría la única ventana de su casa que daba a la calle y lanzaba toda suerte de cosas que encontraba.  Volando podían aparecer, calcetines, un colador, una silla, un florero que se hiciera añicos, un jersey. Mientras los lanzaba gritaba  profecías sobre todo aquel curioso que se acercara. La gente corría y desaparecía de su vista. Algunos se reían, las más viejas se presignaban porque creían que Tomasa era la viva imagen del demonio.  Ya de madrugada, cuando el barrio dormía, Tomasa salía en bata y recogía el desastre, pertrechada con una escoba,  limpiaba la calle de toda su ira, regresaba y nadie la volvía a ver hasta que volviera a la tienda a comprar, su kilo de papas, su cartón de leche y sus cuatro panes. Jamás fue a la misa del domingo, jamás participó de una verbena. De la tienda a su casa, de su casa a sus ataques. Y así se le fue yendo la vida. Los más viejos del barrio decían que de chiquilla había sido una niña de lo más alegre. Venía de buena familia, pero todos se habían ido a hacer las Américas hacía ya muchos años. Ella se había quedado aquí por amor. Pero lo que la volvió loca, nadie lo sabía. De jovenzuela andaba por los bailes con un muchacho inglés, bien parecido. Pero él desapareció de repente.

Hasta que un día, sus vecinos más cercanos alertaron al guardia del mal olor que salía de casa de la “loca”.  El guardia se hizo acompañar de otro compañero, ni él se atrevía a molestarla. Ya por la tarde y tras intentar a golpes en su puerta que Tomasa la abriera, decidieron tirarla abajo. Cierto que salía muy mal olor. Los vecinos se agolpaban en la puerta, los chiquillos se abrían hueco entre las piernas de los mayores y a gritos iban retransmitiendo lo que iban viendo. Hasta que uno de los guardias salió y fue dispersando a la muchedumbre que se concentraba allí. Tomasa había fallecido. Nadie sabía cuantos días podía llevar muerta y sola en su casa.

No tardaron en correr leyendas por las calles del barrio. La más disparatada es que había sido vedette en la post guerra y que las noches de juerga y el  alcohol le habían tirado a la cabeza. Todos los vecinos y todas las historias la velaron aquella noche. Rezaron por ella y por su endemoniado espíritu, mientras se hacían corrillos y crecía la leyenda.

Hubieron tantas historias como vecinos en el barrio. Vecinos que ahora, todos aseguraban haber hablado con ella, haber entrado a su casa a calmarla alguna vez. Hasta el párroco se aventuró en el sermón de su funeral a decirles a todos que ella confesaba a diario, cuando nadie la veía.

Lo cierto es que Tomasa dejó de estar en este mundo hacía muchos, muchos años atrás. Cuando la vida más le sonreía al lado del  amor de su vida, Dios les bendijo con un precioso varón que nació sano. Días después de dar a luz, en la estricta intimidad de aquella recién estrenada familia, Tomasa se despertó una mañana, el bebé no estaba en el camastro ni su hombre aparecía por sitio alguno. Solo quedaba una carta, sobre la mesa de la cocina. Él le explicaba que era un hombre casado, que había sido muy feliz a su lado pero que debía volver a su casa, donde Dios había pasado de largo y nunca le había dejado el regalo de un hijo. Me lo llevo conmigo, no quiero que vivas la deshonra de ser una madre soltera. Tranquila, eres fértil y bella y la vida te volverá a regalar muchos hijos, le decía en resumen en aquel papel.

Eran por aquel entonces los años cuarenta. Y Tomasa se volvió loca. Cuando falleció habían pasado cincuenta años más. Eso sí, su casa estaba destartalada el día que los vecinos,  ya sin el cuerpo presente,  se aventuraron a entrar por la ventana de la ira. Todo estaba viejo, rancio y gastado. Todo excepto un camastro pequeño, tallado a mano, con un jueguito de sábanas blancas de hilo con unas iniciales bordadas.  Te acercabas a aquel camastro y olía a agua de rosas. Aquella imagen solo sirvió para avivar más aún la leyenda de Tomasa. Nadie supo nunca de la verdad de su locura, nadie ni viva ni muerta,  tuvo para ella un instante de ternura, ni siquiera ella consigo misma.

Dicen los entendidos que nuestro cerebro se resigna antes de una pérdida que de una traición. Creo que ni una cosa ni la otra. Lo que si que es cierto es que la locura, a veces,  es  el único antídoto contra el dolor.

INGREDIENTES

Tantas papas como gente tengamos a comer a casa. Yo en este caso utilizé cuatro medianas

Aceite de oliva

Sal gorda

Pimienta negra molida

Unas hojas de romero fresco

ESTA ES UNA GUARNICIÓN PERFECTA, CASI QUE PARA CUALQUIER PLATO

Pelamos las papas, las lavamos bien y las introducimos en un caldero con un puñado de sal gorda. Las ponemos al fuego directamente, sin esperar que el agua hierva.

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Una vez que el agua rompa a hervir, calculamos 10 minutos de reloj.

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Pasados los 10 minutos, las ponemos a escurrir, aún estando las papas algo duras (se terminarán de hacer después en el horno)

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En este momento pondremos el horno a precalentar, calor arriba y abajo a 200º.

Ahora cogemos una fuente apta para el horno y repartimos aceite de oliva sobre el fondo. No en exceso, simplemente para que después, las papas no se queden pegadas.

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Colocamos las papas dentro de la fuente y las partimos en pedazos algo más pequeños, pero que aún conserven un tamaño interesante (no pequeño, ya que va a ser una vistosa guarnición).

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Volvemos a echar, ahora sobre las papas, un chorrito de aceite de oliva y con ayuda de una brocha de cocina, pintamos con el aceite ligeramente, la superficie de las papas.

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Añadimos ahora, al gusto, un poco de sal gorda y pimienta negra molida.

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Y ya por último, lavamos bien unas ramitas de romero y desmenuzamos las hojas que las iremos echando sobre las papas.

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Introducimos nuestra fuente con las papas en el horno, manteniendo la misma temperatura (200º arriba y abajo), unos 25 minutos. El aspecto final debe ser el de la papa doradita por fuera. Y ya tenemos una guarnición perfecta tanto para carne, para pescado o para pollo. Sabrosas y con aroma. Al partirlas verán que está doradita por fuera y muy cremosa por dentro, manteniendo todo su sabor a papa y ese regusto final a romero…. Exquisitas.

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ENSALADA DE ESPINACAS

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Releyó aquel e-mail unas cien veces. En la soledad de su habitación de aquel hotel, uno cualquiera en cualquier parte del mundo. Después de esas cien, volvió a leerlo en diagonal. Buscaba explicaciones que allí no estaban escritas. Cristina se casaba. Cristina, Cristina, Cristina, se repetía una y otra vez. Hacía más de un año que no la veía. Incluso cuando dejaron de ser pareja tampoco la había visto. Él estaba en Beirut (trabajo) y cuando regresó a casa tan solo quedaba de ella una nota manuscrita que decía:- Adiós, Efrén. No puedo más. Soy muy débil para vivir sola, dentro de esta extraña pareja. Un plato de espinacas en la nevera le dio la pista para saber que no hacía mucho que Cristina se había ido. Aún conservaban ese intenso color verde. Cristina y el verde, todo se lo come verde….. Pues a seguir sólo, pensó. Decidió no llamarla, no mandarle mensajes, ni mails, ni whatssap. ¿Para que iba a servir? Al fin y al cabo ella misma lo decía en su nota, se sentía sola dentro de aquella pareja y él había sido muy claro con respecto a su trabajo. No la había engañado. Tenía que viajar constantemente, tenía que cumplir con horarios inusuales y no quería ni sabía delegar. No estaba hecho para el compromiso, ya bastante tenía con la responsabilidad de asumir su cargo.

Pero un año después, Cristina se casaba. No pegó ojo en toda la noche. Un año después volvía a tener noticias de Cristina. Textualmente le escribía:

Querido Efrén, me atrevo a ponerte este correo para informarte de que me casaré dentro de unos días. Tranquilo, no espero respuestas. Imagino que esta noticia te es del todo indiferente pero para mí no lo es. Me parece importante que lo sepas, ya que hace un año abandoné tu casa y aún hoy no tengo ni la más remota idea de si has ido por allí y te has dado por enterado de nuestra situación. Lo dicho Efrén, que me caso y que espero de todo corazón que las cosas te sigan yendo igual de bien.

Un fuerte abrazo, Cristina.

Por momentos se engañaba y se decía, no debe de ser tan feliz, en tanto en cuanto, se acuerda de mí. No, no me ha olvidado. Cristina tiene terror a la soledad y se casa por no estar sola. Se casa porque le importa mucho el qué dirán y ya va a cumplir cuarenta y es la única de sus amigas que aún no se ha casado. Por eso y por la maldita perreta de ser madre. Con lo que coarta un hijo. Ella no ha pensado bien lo que significa tener un hijo. Mis amigos y mis colegas que se han aventurado a tener familia, están gordos, apagados, absolutamente domesticados bajo el yugo de sus esposas, hijos, mascotas…. Qué va!!! Cristina no sabe lo que está haciendo.

Se levantó de un salto de la cama. Volvió a leer el mail. Despacio, muy despacio. Se acercó al mini bar, se sirvió un Gin-Tonic. Dio un sorbo, después un trago más profundo, le llegó a quemar la garganta. Se tiró en la moqueta, de aquel hotel, de alguna parte del mundo y comenzó a llorar.

Era la primera vez en su vida que se sentía sólo y vulnerable. Era la primera vez que necesitaba los brazos de su madre desde que con un año comenzó a andar. Era la primera vez que pensaba en Cristina más que en su trabajo.

Las luces del día le despertaron. Le dolía todo el cuerpo. No quiso mirar la hora. Por primera vez en muchos años, no quería saber qué hora era. Se duchó, dejó que el agua cayera sobre su cabeza con la intención de borrar el mail de Cristina de su memoria. Volvió a llorar, a llorar por ese futuro por el que tantos y tantos años había trabajado, para llegar a ser ¿el qué?, ahora no se sabía las respuestas….. El mejor, el más rico, el ejecutivo más agresivo….??????

Se abrazó a si mismo envolviéndose en la toalla, se sentó a los pies de aquella cama de hotel. Dejó pasar el tiempo, dejó de atender todas las llamadas que incesantemente sonaban en su blackberry. Y allí se quedó, esperando un futuro, de repente incierto. Sin Cristina, había dejado de tener sentido el mañana. Se hizo tarde, muy tarde, en ese día, en aquella habitación de hotel de aquella parte del mundo y en su vida. Llegó tarde a su propia vida.

INGREDIENTES:

2 Manojos de espinacas

150 gras de Bacon en tiras o en trocitos

100 grs de queso Parmesano

Aceite de oliva virgen

Vinagre de Módena

Sal en escamas o sal gorda

SE HACE MUY RAPIDITA, ASÍ NOS DEJA TIEMPO PARA LAS COSAS QUE REALMENTE IMPORTAN….

Deshojamos las espinacas desechando el tallo y conservando las hojas. IMG_9044

Las lavamos bien y las escurrimos y las secamos igual de bien.

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Una vez lavadas y secas, las colocamos sobre la bandeja o ensaladera en que la vayamos a servir.

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Ahora vamos cortando el parmesano en lonchas como se pueda. Es un queso tan duro que mejor hacerlo con un cuchillo no muy grande, tipo navaja (que diría mi abuela) y se nos quedan lascas irregulares pero finas. Las vamos colocando sobre las espinacas ya dispuestas en nuestra bandeja.

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Ahora saltearemos el bacon en una sartén antiadherente ya que no le vamos a poner nada de aceite. El bacon se hará en su propia grasa. Lo dejaremos bien churruscadito.

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Una vez hecho el bacon, lo colocaremos sobre las espinacas y el queso y ya solo nos queda aliñar.  Para ello mejor al gusto de cada uno. Yo le aconsejo aceite de oliva virgen un buen chorrito, otro buen chorrito de vinagre de Módena y por último el toquecito de sal en escamas o en su defecto, de sal gorda. Y a disfrutarla. Intensa y diferente. Muy recomendable.

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