MONTADITOS DE ALCACHOFAS (con mostaza y panceta)

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Llevaba tiempo sin verle. La alegría del reencuentro después de algunos meses se transformó en abrazos y en gestos llenos de ternura y de cariño. Él tenía buen aspecto, después de los cuarenta decidió escuchar las alarmas que  más veces que cuandos le estaba dando su cuerpo, que si un lumbago por aquí, que si colesterol en la última revisión de la empresa, que si paso noches en vela pensando en todo lo que me preocupa. Así que ahora practicaba deporte e incluso se había atrevido el último fin de semana con unos pinitos en escalada.  Pedimos una ensalada, la mía más pecadora que la de él (doy fé de que se cuida) y porque es sano, porque nos apetecía y porque las ensaladas son bien buenas, aún así hay que acompañarlas con la alegría de un buen vino tinto. Una botellita y a empezar a hablar de esto y de aquello, de los hijos, de la crisis, de los trabajos, de la política, de cine, de teatro, las horas en el reloj avanzaban y la pregunta que quería hacerle nada más verle, seguía esperando. Esperando a cogerle en un renuncio o despistado. Sembré el terreno y le hablé de mi chico y él escuchaba y se que se alegraba por mi felicidad…. En un segundo de silencio aproveché: – Y tú qué tal? No estás con nadie?. Yo esperé relajada la archi conocida respuesta, segura de que se iba a ir por los cerros de Úbeda, pero no fue así. Sorpresa.

Su respuesta fue algo parecido a lo que ahora les cuento y aunque intentaré relatarlo de manera fiel y auténtica, sé que no seré capaz de transmitirles lo que tuve la suerte de escuchar. A mí se me movió el alma.

Llevo enamorado más de diez años. Me separé de mi ex-esposa hace 12, ya sabes que ella no me quería y que pasé los peores años de mi vida los últimos 5 que estuve junto a ella por nuestro hijo. El final de nuestro matrimonio se convirtió en una especie de tortura y el alma se me hizo cientos de miles de pedazos. Yo ahí empecé a tragar saliva, nunca me había hecho una confesión así…. Siguió con su respuesta, no si fue el vino o las ganas que tenía de contar todo de una vez, quizás ya para siempre.

Pero hace diez años, un día cualquiera, llegó una nueva incorporación a la empresa, concretamente a mi planta. En el mismo momento que me la presentaron ella me esbozó una sonrisa, franca y cálida. No te diré que sentí mariposas en el estómago, pero si es verdad que me arrancó una sonrisa, después de llevar algunos años sin hacerlo. Recuerdo incluso que el hecho de mover ese músculo en mi boca me provocó cierto cosquilleo. Día tras día llegaba a la oficina ella tan contenta y saltarina, yo arrastrando mis pies. No tardé mucho tiempo en dejar abierta la puerta de mi despacho, escuchar sus pasos, sus carcajadas, sus anécdotas empezaron a llenar de pequeñas alegrías mis rutinas. Sin pensarlo mucho me acercaba muy a menudo a donde ella estaba y me hacía el tonto haciéndome coincidir con cualquier excusa más tonta si cabe. Llegaba el viernes y me invadía una especie de tristeza que no me desaparecía hasta el lunes y volvía a verla.  Dejé de escuchar noticias en la radio y empecé a poner música en mi coche, ponía atención hasta en las letras de Alejandro Sanz. Me estaba enamorando como un verdadero idiota. Compartíamos a diario cafés, tantos que a veces no dormía y así pasaba la noche en vela imaginándome,  sin soñarlo que algún día ella podría ocupar ese lado frío y vacío. Me dio por ver películas románticas y que venga algún listillo a decirme que eso son solo cosas de mujeres, vi Vacaciones en Roma, vi Cuatro Bodas y un Funeral, vi cientos de estas películas y ella era la protagonista de cada minuto de cada vídeo. Planificaba mis vacaciones en base a las de ella, no podía estar mucho tiempo en la oficina sin atender sus andares. ¿Para qué?, ¿para estar preguntándome cada minuto  qué demonios estará haciendo ahora?. Fui testigo y confesor de la relación que entabló con el hombre más afortunado de este planeta. Un extranjero, culto, guapo y divertido. Eligieron bien, ambos. Incluso llegué a tirarles arroz a la salida de su boda. No amiga mía, no tengo pareja. Hace diez años me robaron el corazón y todavía hoy no me lo han devuelto.

Cuando terminé de escucharle yo permanecía inmóvil , conmovida. Solo acerté a decirle: -No tenía ni idea. Disculpa mi insistencia y las cientos de veces que he intentado ser Celestina y buscarte a alguien con quien compartir tus ratitos. – No pasa nada, me dijo. – Mi felicidad es verla de lunes a viernes cada mañana, me conformo con eso y me da la vida, a la vez que me la quita. Sí,  vivo enamorado hasta las trancas y jamás seré correspondido, pero siento amor cada día y me atrevo a decirte que además se va haciendo grande. Ahora tu lo sabes y ya ha dejado de ser un secreto, si lo cuentas en tu blog me gustará leerlo.

Y aquí queda esta historia que se irá junto con los besos que canta Víctor Manuel, los que no damos, los que guardamos.

INGREDIENTES:

1 Tarro de alcachofas ya cocidas (mejor las que se conservan en cristal)

2 Huevos

2 cucharas soperas de harina

sal gorda

200 grs de panceta en lonchas finas o bacon

Mostaza (procurar que no sea dulce)

Pan en rebanadas (mejor si es pan de pueblo)

Aceite de Oliva

A MONTAR MONTADITOS

Empezamos escurriendo el agua en la que vienen las alcachofas en el tarro y las enjuagamos.

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Mientras se escurren, batimos bien los dos huevos. IMG_8370

Incorporamos al huevo batido las dos cucharas soperas de harina y salpimentamos al gusto. Volvemos a batir hasta que se quede una pasta amarilla procurando no dejar grumos. IMG_8374

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Ahora cogeremos una sartén con buen diámetro y pondremos de manera generosa aceite de oliva a calentar.  Mientras el aceite va tomando temperatura, iremos rebozando en la pasta de huevo y harina las alcachofas una a una con cierta delicadeza para que no se nos rompan. Una vez el aceite está calentito (no ardiendo) iremos friendo las alcachofas unos minutos por cada lado, pero sin dejar que tomen mucho color dorado ya que después llevará un golpe de horno.

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Una vez las tengamos todas fritas, las colocaremos sobre papel absorvente para escurrir el posible exceso de aceite.  Reservamos.

Vamos a por la segunda parte del montadito. En una tostadora, tostaremos las rebanadas de pan pero muy ligeramente (después lleva algo de horno). Mientras se tuesta el pan, cogeremos una sartén ancha y sin aceite ni nada de nada, la pondremos a calentar y cuando haya cogido cierta temperatura, iremos colocando una a una las lonchas de panceta o bacon, solo unos 20 segundo por cada lado.

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Recuperaremos nuestro pan ya tostado y untaremos cada rebanada con mostaza, como quien unta mantequilla al pan, por toda la superficie.

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Sobre el pan ya untado, colocaremos una loncha  asada de panceta.

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Y coronamos el montadito con la alcachofa rebozada. Con un palillo tipo pinchitos clavamos desde la alcachofa hasta el pan e iremos haciendo cada montadito. Los iremos colocando en una bandeja apta para el horno y quince minutos antes de servir, le daremos un golpe de calor en el horno a 150º calor arriba y abajo (recuerden precalentarlo unos 10 minutos antes de introducir la bandeja)

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3 comentarios en “MONTADITOS DE ALCACHOFAS (con mostaza y panceta)

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