PAPAS (con aroma de romero)

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Todos en el barrio la llamaban Tomasa “la loca”. No era ni mucho menos respetada, era temida, muy temida.  Tomasa rara vez salía de su pequeña y vieja casa, pero cuando lo hacía soportaba las burlas de los chiquillos del barrio que corrían tras ella y la llamaban loca. A los niños no les respondía. Ella jorobada por los años, con cuatro pelos blancos que le quedaban en su cabeza, seguía a paso ligero derechita a la tienda de la esquina. Compraba papas, un cartón de leche y cuatro panes y de regreso a su escondite. De vez en cuando le daban “los ataques” como decían en el barrio. Abría la única ventana de su casa que daba a la calle y lanzaba toda suerte de cosas que encontraba.  Volando podían aparecer, calcetines, un colador, una silla, un florero que se hiciera añicos, un jersey. Mientras los lanzaba gritaba  profecías sobre todo aquel curioso que se acercara. La gente corría y desaparecía de su vista. Algunos se reían, las más viejas se presignaban porque creían que Tomasa era la viva imagen del demonio.  Ya de madrugada, cuando el barrio dormía, Tomasa salía en bata y recogía el desastre, pertrechada con una escoba,  limpiaba la calle de toda su ira, regresaba y nadie la volvía a ver hasta que volviera a la tienda a comprar, su kilo de papas, su cartón de leche y sus cuatro panes. Jamás fue a la misa del domingo, jamás participó de una verbena. De la tienda a su casa, de su casa a sus ataques. Y así se le fue yendo la vida. Los más viejos del barrio decían que de chiquilla había sido una niña de lo más alegre. Venía de buena familia, pero todos se habían ido a hacer las Américas hacía ya muchos años. Ella se había quedado aquí por amor. Pero lo que la volvió loca, nadie lo sabía. De jovenzuela andaba por los bailes con un muchacho inglés, bien parecido. Pero él desapareció de repente.

Hasta que un día, sus vecinos más cercanos alertaron al guardia del mal olor que salía de casa de la “loca”.  El guardia se hizo acompañar de otro compañero, ni él se atrevía a molestarla. Ya por la tarde y tras intentar a golpes en su puerta que Tomasa la abriera, decidieron tirarla abajo. Cierto que salía muy mal olor. Los vecinos se agolpaban en la puerta, los chiquillos se abrían hueco entre las piernas de los mayores y a gritos iban retransmitiendo lo que iban viendo. Hasta que uno de los guardias salió y fue dispersando a la muchedumbre que se concentraba allí. Tomasa había fallecido. Nadie sabía cuantos días podía llevar muerta y sola en su casa.

No tardaron en correr leyendas por las calles del barrio. La más disparatada es que había sido vedette en la post guerra y que las noches de juerga y el  alcohol le habían tirado a la cabeza. Todos los vecinos y todas las historias la velaron aquella noche. Rezaron por ella y por su endemoniado espíritu, mientras se hacían corrillos y crecía la leyenda.

Hubieron tantas historias como vecinos en el barrio. Vecinos que ahora, todos aseguraban haber hablado con ella, haber entrado a su casa a calmarla alguna vez. Hasta el párroco se aventuró en el sermón de su funeral a decirles a todos que ella confesaba a diario, cuando nadie la veía.

Lo cierto es que Tomasa dejó de estar en este mundo hacía muchos, muchos años atrás. Cuando la vida más le sonreía al lado del  amor de su vida, Dios les bendijo con un precioso varón que nació sano. Días después de dar a luz, en la estricta intimidad de aquella recién estrenada familia, Tomasa se despertó una mañana, el bebé no estaba en el camastro ni su hombre aparecía por sitio alguno. Solo quedaba una carta, sobre la mesa de la cocina. Él le explicaba que era un hombre casado, que había sido muy feliz a su lado pero que debía volver a su casa, donde Dios había pasado de largo y nunca le había dejado el regalo de un hijo. Me lo llevo conmigo, no quiero que vivas la deshonra de ser una madre soltera. Tranquila, eres fértil y bella y la vida te volverá a regalar muchos hijos, le decía en resumen en aquel papel.

Eran por aquel entonces los años cuarenta. Y Tomasa se volvió loca. Cuando falleció habían pasado cincuenta años más. Eso sí, su casa estaba destartalada el día que los vecinos,  ya sin el cuerpo presente,  se aventuraron a entrar por la ventana de la ira. Todo estaba viejo, rancio y gastado. Todo excepto un camastro pequeño, tallado a mano, con un jueguito de sábanas blancas de hilo con unas iniciales bordadas.  Te acercabas a aquel camastro y olía a agua de rosas. Aquella imagen solo sirvió para avivar más aún la leyenda de Tomasa. Nadie supo nunca de la verdad de su locura, nadie ni viva ni muerta,  tuvo para ella un instante de ternura, ni siquiera ella consigo misma.

Dicen los entendidos que nuestro cerebro se resigna antes de una pérdida que de una traición. Creo que ni una cosa ni la otra. Lo que si que es cierto es que la locura, a veces,  es  el único antídoto contra el dolor.

INGREDIENTES

Tantas papas como gente tengamos a comer a casa. Yo en este caso utilizé cuatro medianas

Aceite de oliva

Sal gorda

Pimienta negra molida

Unas hojas de romero fresco

ESTA ES UNA GUARNICIÓN PERFECTA, CASI QUE PARA CUALQUIER PLATO

Pelamos las papas, las lavamos bien y las introducimos en un caldero con un puñado de sal gorda. Las ponemos al fuego directamente, sin esperar que el agua hierva.

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Una vez que el agua rompa a hervir, calculamos 10 minutos de reloj.

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Pasados los 10 minutos, las ponemos a escurrir, aún estando las papas algo duras (se terminarán de hacer después en el horno)

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En este momento pondremos el horno a precalentar, calor arriba y abajo a 200º.

Ahora cogemos una fuente apta para el horno y repartimos aceite de oliva sobre el fondo. No en exceso, simplemente para que después, las papas no se queden pegadas.

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Colocamos las papas dentro de la fuente y las partimos en pedazos algo más pequeños, pero que aún conserven un tamaño interesante (no pequeño, ya que va a ser una vistosa guarnición).

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Volvemos a echar, ahora sobre las papas, un chorrito de aceite de oliva y con ayuda de una brocha de cocina, pintamos con el aceite ligeramente, la superficie de las papas.

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Añadimos ahora, al gusto, un poco de sal gorda y pimienta negra molida.

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Y ya por último, lavamos bien unas ramitas de romero y desmenuzamos las hojas que las iremos echando sobre las papas.

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Introducimos nuestra fuente con las papas en el horno, manteniendo la misma temperatura (200º arriba y abajo), unos 25 minutos. El aspecto final debe ser el de la papa doradita por fuera. Y ya tenemos una guarnición perfecta tanto para carne, para pescado o para pollo. Sabrosas y con aroma. Al partirlas verán que está doradita por fuera y muy cremosa por dentro, manteniendo todo su sabor a papa y ese regusto final a romero…. Exquisitas.

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