PUDING DE ESPÁRRAGOS BLANCOS

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Se levanta con prisas cada mañana. Cree que jamás ha hecho caso a la primera al incómodo pitido del despertador, siempre enemigo. Cada noche le marca las horas que no logra dormir y cada mañana la despierta de ese plácido sueño que no logra conciliar hasta antes de bien entrada la madrugada. Pero ella en el fondo lo sabe, sabe que eso,  solo es un maldito aparato que funciona porque ella le carga las pilas. No se calza zapatillas y el frío del suelo le recorre desde los tobillos a la corollina. Eso la ayuda a ponerse en pié de un salto. Siempre el primer idéntico pensamiento cada mañana….. No me parezco en nada a las que se levantan en el desayuno Special-K. Más frío, ahora directo a la cara mientras la empapa de agua. Se refugia en la toalla que se seca. Se mira y se  murmura al espejo todas esas inseguridades que la acomplejan y sigue a la cocina. Cafetera en marcha y a correr. Desde que da el primer sorbo una especie de descarga eléctrica recorre todo su cuerpo y escucha el mismo disparo que los atletas en la línea de salida. Prepara desayunos, prepara talegas de meriendas, despierta a la tropa, les bloquea la salida al pasillo para obligarles a enjuagarse sus angelicales caritas en el baño, les motiva con mensajes positivos solo con el fin de que se apuren y se vistan y se calcen. Les vuelve a apurar para que se acaben la leche con los cereales. Entre medio, ella se da algo parecido a una ducha, chorreando y ya algo perdido el tono animoso, empiezan las amenazas del tipo,:-El que no se haya acabado la leche cuando llegue a la cocina se queda sin consola todo el fin de semana. A medio vestir, entre un pantalón de deporte que bien podría ser de pijama (alguna vez) un ojo con rímel y otro todavía con alguna legaña, porteando las mochilas, las talegas, las bolsas de actividades complementarias, salen, siempre corriendo y apurando los minutos a la parada de la guagua y vuelve a pensar…. En nada me parezco a la mami de Actimel que sale tan vital y tan puntual a dejar a sus hijos cada mañana. Regresa a casa después de despedir desde la acera con las manos en alto agitándolas hasta que la guagua se pierde en la carretera. Como quien ve alejarse un trasatlántico. Y vuelve a poner en marcha los motores, para llegar a tiempo al trabajo, ese mismo trabajo que le permite pagar canguros todas esas tantas veces que el colegio requiera su presencia para reuniones, fiestas y celebraciones, catequesis, pediatras, dentistas y algún que otro imprevisto en algún que otro especialista. Y vuelve a pensar, debo de ser rara porque ni mis hijos ni yo, sonreímos en el dentista. Trabaja mientras piensa en la cena de sus hijos esa noche, mientras se acuerda que de camino a casa tendrá que pasar por el super, por la farmacia que no queda Dalsy, por la frutería, por la librería. Llega a casa, el sillón le grita que se tire y se regale un ratito, pero se dice que ella en nada se parece a esas chicas de la tele que desde un mullido y limpio sofá cosquillean la tripa de su bebé. Sigue y antes de comer deja prevista la cena de todos. Y vuelva a coger las llaves del coche y vuelve a salir a la calle. De nuevo se ha vuelto a olvidar de almorzar. Corre que se las pela de camino al cole, recibe contenta a sus hijos, los abraza, los besa y les pregunta por su día. Escucha cada batalla, cada secuencia en la vida de sus hijos, con especial atención a lo que cuenta el pequeño. Su tesoro más pequeño. Los reparte por sus actividades, los espera, los vitorea cuando marcan gol, cuando ganan la carrera, cuando encestan. Se hace oscuro el día y de regreso a casa, ya pensando en mañana. En que sus uniformes estén a punto, en que sus tareas estén terminadas. Repasa los huesos del cuerpo, sin calculadora para dar ejemplo, revisará las operaciones matemáticas, firmará y responderá las circulares y avisos varios que el día haya traído a su orilla. Pondrá la mesa y en ese momento se dará cuenta que aún no ha tenido tiempo de descalzarse los zapatos y que le aprietan. Recogerá la mesa, vigilará la limpieza de dientes, repartirá cariño y ternura en cada camita….. Serán las nueve de la noche y sus tripas le recordarán que no ha probado bocado. Escuchará una llaves girar la cerradura, entraré él y con un beso más al aire que a sus labios, le preguntará: -¿Qué tal tu día?……

Y ella se volverá a acordar que ha vivido un día más, pensando en todo  y en todos los demás, excepto en si misma.

Aquí queda esta receta, fácil y exquisita al igual que las vidas que nuestras madres  nos permiten vivir y dejan las de ellas,  por nosotros cada día y cada una a su manera.

INGREDIENTES:

1 lata de yemas de espárragos (solo de yemas)

1/2 vaso, tamaño de beber agua, de leche evaporada

1/2 cebolla

1 trozo de mantequilla

Sal y pimienta negra

3 huevos

MANOS A LA OBRA:

Antes que nada ponemos a escurrir las yemas de espárragos y encendemos el horno a 180º calor arriba y abajo para tenerlo listo para después. Ahora, ayudándonos de una picadora eléctrica, picaremos la 1/2 cebolla en tamaño muy menudo.

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En una sartén, pondremos a derretir el trozo de mantequilla, a fuego medio, no dejar que tome color y mucho menos que se queme.

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Cuando ya esté lista la mantequilla, añadimos la 1/2 cebolla picada y la salteamos. Seguimos a fuego medio.

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Mientras se va haciendo la cebolla, vamos batiendo enérgicamente los tres huevos.

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Después de batidos los huevos, añadimos a estos, el medio vaso de leche evaporada y volvemos a batir.

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Reservamos y ahora vamos a por las yemas de espárragos. Las pondremos sobre una tabla de corte y les hacemos cortes así un poco a lo loco, lo que pretendemos es que desmenuzen algo sin que pierdan mucho cuerpo.  Reservamos.

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Volvemos  la sartén donde estábamos pochando las cebollas y cuando ya estén bobitas y transparentes, añadimos las yemas de espárragos desmenuzadas. Salteamos unos minutos má dando vueltas para que se mezcle bien con la cebolla.

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Pasados unos cinco minutos, retiramos del fuego y pasamos la mezcla al cuenco donde teníamos batidos los huevos con la leche evaporada. Mezclamos bien y damos buenas vueltas para que todo quede bien repartidito. Salpimentamos al gusto.

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Reservamos. Ahora cogemos un molde apto para horno (yo utilizo alargado) y lo cubrimos con papel vegetal para horno.

IMG_8675Echamos la mezcla dentro del molde ya forrado y cogemos ahora una bandeja apta para horno, más grande y con cierta profundidad, de manera que se cocine el puding al baño María.

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IMG_8679Lo introducimos así mismo en el horno. Mantenemos temperatura y función (180º calor arriba y abajo) durante unos 25 ó 30 minutos. Dependerá de cada horno, así que lo mejor será comprobarlo. Para ello introduciremos un cuchillo y cuando ésta salga limpio, nuestro puding también lo estará.

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Se puede comer caliente o frío acompañándolo en este caso de mayonesa…. De las dos maneras es exquisito.

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