CHAMPIÑONES EN CREMA

Soy de las que opinan que hay tantas historias en este mundo como personas lo habitan. Cada una de esas historias es única, diferente y exclusiva. Así al paso, me voy tropezando a veces queriendo conocerlas, otras evitándolas y consiguiéndolo y unas cuantas sin el mismo éxito. Dado que no escondo mi afán por narrarlas, siempre desde un punto de vista muy personal, lo que no quiere decir que sean tal y como se las cuento pero de lo que cabe duda alguna es que si que las siento. Por eso muchas veces, me gustaría pasar de puntillas con mi yo más físico y que determinados aspectos de la vida de los demás, no me afectaran. Pero sale el otro yo, el que realmente me gobierna y me voy cada noche a la cama pensando qué habrá sido de aquel señor que estaba haciendo la compra en el super con su hijo y con calculadora en mano, le explicaba que no alcanzaba para un paquete de galletas. O si se encontrará mejor aquel muchacho que tosía como un cajón flamenco o de aquella vieja amiga que un buen día me invitó a comer para explicarme que tenía dos amantes. Si, dos. No un amante, dos. Daba a su matrimonio el mismo valor que un cero delante de una coma. Me detalló, siempre con una enorme sonrisa, cada sensación compartida con sendos muchachos a los que yo no tenía el gusto de conocer (y que así siga siendo). El placer de lo prohibido, la adrenalina que generaba su cerebro a borbotones cuando a mitad de la noche sonaba un mensaje, la falta de oxigenación antes de encontrarse con uno u otro. Las horas previas, la elección de la ropa y del peinado…. Ella se lo pasaba pipa, ellos me imagino que también.

Salí arrastrando los pies de aquel restaurante, lejos de haber conseguido colocarlos en punta y marcarme un Cascanueces entre las mesas y dejarla allí, con su boca carmín, sintiéndose la mujer más sexy del planeta por coleccionar amantes. La escuché, la felicité por el papelón en el que interpretaba a la compañera de su chico enamorada y le deseé suerte. No fui tan valiente para recriminarle lo que por la noche dio vueltas en mi cabeza y es que así es una, me viene la elocuencia y la lucidez cuando me apoyo sobre la almohada. El marido en cuestión tiene el mismo derecho que ella a ser feliz. Debería ser el primero en saberlo y de alguna manera entregarle la llave que lo libere de una prisión en la que no sabe que está metido. En fin, no soy yo quien para juzgar a nadie pero este mundo, sus historias y su gente, no dejan de sorprenderme.  Así que ese día a parte de llevarme una historia que nunca me hubiera gustado conocer, le pedí al Jefe de Cocina la receta de la crema de champiñones con la que nos había coronado un arroz pilaf. Escandalosamente sabrosa!!!!. Si es que las cosas pasan por algo…. Ella era doblemente infiel, yo me sentí mal por conocerlo porque solo me dio por pensar en quien sustenta la doble cornamenta,  pero hoy, ustedes y yo tenemos nueva recet de las fáciles y ricas. Como de verdad deberían ser todas las historias, porque esta vida, se va a vivir una sola vez.

INGREDIENTES:

Champiñones naturales, mejor si ya están laminados. Yo calculo una bandeja para dos personas.

1 cebolla mediana

1 brick de nata para cocinar de unos 200 mml

Unos buenos chorritos de salsa Worcestshire (salsa Perrins)

Aceite de Oliva

Pimienta negra recién molida

MANOS A LA OBRA:

Lavamos muy pero que muy bien los champiñones, que suelten toda la tierra que suelen traer. Mientras lavamos y escurren, picamos muy fina la cebolla. Si tenemos picador eléctrica genial, si no a cuchillo que bastante entretenido que es o como diría mi hermana la peque, trabajamos la psicomotricidad fina.

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Una vez partidita la cebolla, reservamos y en una sartén con buen diámetro, llenamos el fondo con aceite de oliva. No demasiada aceite, solo que cubra el fondo de la sartén y lo ponemos a calentar. IMG_0396

Cuando esté caliente el aceite, vertemos la cebolla picada y la dejamos pochar. Que quede transparente sin que se queme.

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Una vez tengamos el punto de la cebolla, añadimos los champiñones y salteamos unos 5 minutos, dando vueltas a fuego medio. Cuando los champiñones empiecen a reblandecerse, verteremos sobre estos la nata líquida y removemos, mezclando bien todos los ingredientes.

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Y ya por último vamos echando a chorritos y mezclando, la salsa Perrins, hasta que nuestra mezcla adquiera un tono marroncito. Podemos ir probando también poco a poco. Para finalizar y una vez tengamos el punto de color y sabor le damos un toquito de pimienta negra recién molida y listo para usarlo, bien sobre un buen arroz blanco, tipo pilaf, jazmín o el que queramos. Acompañando a cualquier carne o pollo también sentará estupendamente. A mí, como más me gusta es sobre el arroz. Y si ya queremos rizar el rizo y darle un punto de sofisticación, le rallamos una trufa negra por encima y se quedará como para no compartirlo más que con uno mismo. Exquisito.

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